24/04/2016

Dios está en los detalles
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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No nos hemos vuelto locos; el edificio que acompaña estas líneas es una obra maestra de la arquitectura moderna, aunque pase de largo y a pie de página de la mayoría de obra crítica de referencia. El Quiosco de las Flores, que el arquitecto Sigurd Lewerentz construyó en Malmö pocos años antes de morir, es un legado reconocible en la obra de grandes nombres de la arquitectura como Norman Foster, Enric Miralles o Herzog & de Meuron.

Tampoco queremos engañarnos, ya que a todas luces el edificio parece inacabado; el hormigón armado aparece desnudo, con las marcas de los tablones de encofrado marcando el ritmo de la fachada. Las ventanas no tienen marco, y se apoyan con una groseras grapas de acero galvanizado. De hecho, si nos fijamos en la fachada norte, la más conocida y emblemática de este edificio, podremos ver que la puerta no tiene ningún tipo de tratamiento particular.

El sueco realizó este diseño seis años antes de fallecer, después de una vida entera dedicada a la arquitectura. El valor y la importancia de este edificio radica en el uso de unos detalles que anticipaban la arquitectura de los siguientes 30 años. La suya es una de estas historias de compañerismo y rivalidad que tanto abundan en la profesión. Es imposible hablar de Lewerentz si no hablamos de otro gran arquitecto sueco, Gunnar Asplund. Lewerentz, que ya había estudiado ingeniería mecánica en Goteborg y realizado sus prácticas en un estudio de arquitectura de Alemania, conocería a Asplund completando sus estudios de arquitectura en Estocolmo.

Lewerentz no era un arquitecto al uso: con una educación proveniente de la ingeniería, conoció los materiales cuando trabajó en una forja para costearse los estudios. Esa experiencia hizo que una parte importante de su labor posterior derivara en el diseño de mobiliario, y elementos constructivos como puertas y ventanas.

En 1911 abrió su propio estudio de arquitectura, y concursó para obtener el encargo del nuevo cementerio sur de Estocolmo junto a su amigo y compañero Asplund. Los dos jóvenes arquitectos ganaron y realizaron lo que puede ser uno de los cementerios más hermosos del mundo, el Skogskyrkogården, o “Cementerio del Bosque”.

Los dos arquitectos decidieron repartirse el trabajo, encargándose Lewerentz principalmente del paisajismo mientras que Asplund trabajaba los edificios. De ahí surgen edificios protomodernos como la Capilla del Bosque de Asplund, estudiada en todas las escuelas de arquitectura del mundo. Como contrapartida, Lewerentz construyó otra capilla, llamada de la Resurrección, con un pórtico de columnas corintias en doble antis, fruto de la época del Beaux-Arts que los había educado.

Su carrera comenzaba a despuntar, siendo dos protagonistas principales en la Exposición de Estocolmo de 1930. Algunos mencionan que Lewerentz salió de la experiencia con un desánimo que lo alejó durante una década de la arquitectura. Otros, apuntan a la decisión de la Comisión de Cementerios de encargar 3 nuevos edificios a Asplund, que dejó de lado a Lewerentz en la consecución del contrato.

Mientras que a Asplund el reconocimiento le llegó tanto en vida como en la muerte, en parte a causa de su función como mentor de uno de los mejores arquitectos del siglo XX, Alvar Aalto, Lewerentz tuvo que esperar a que la crítica lo encontrara con 75 años de edad, una vez se finalizaba la iglesia de San Marco, en Björkhagen. Después del parón, en el que Lewerentz aprovechó para desarrollar su labor como diseñador y productor de mobiliario, este edificio sigue siendo uno de los espacios icónicos del diseño escandinavo.

Su última obra fue el Quiosco de Flores en el cementerio de Malmö, un edificio que tuvo que hacer frente a una grave crisis económica que asolaba la ciudad. En él, se puede leer un gusto por el material y una practicidad que nada tiene que ver con el brutalismo que en aquellos años 60 era norma en Europa.

Un análisis de los detalles hace que la obra de Lewerentz adquiera escala humana; si el hormigón es demasiado duro, el sueco lo equilibrará con un pasamanos de madera barnizada, agradable y cálido al tacto. El edificio, en apariencia carente de interés, se debe mirar desde los detalles; detalles de su construcción, con el manejo milimétrico del hormigón, que lleva a enrasar el vidrio al exterior; detalle de sus proporciones, basadas en la proporción aúrea; detalle de su lenguaje, que aúna clasicismo y modernidad; detalles de su creador, olvidado en la historiografía habitual, que hoy en día, en el contexto de la arquitectura de economía, resulta de total actualidad.