29/05/2016

Ladrillo digital
IÑIGO GARCÍA ODIAGA
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Durante el pasado mes de abril se inauguró el nuevo edificio del Kunstmuseum de Basilea tras más de tres años de construcción. El estudio suizo de Christ & Gantenbein ha sido el responsable de diseñar la ampliación del museo, así como las obras de renovación de la sede principal original, al que se le han añadido nuevos espacios para el disfrute público. El edificio de nueva planta dialoga con la antigua sede, a la que se conecta mediante un paso bajo tierra.

Ambos edificios conforman ahora un museo de referencia en el centro de la ciudad. En ese sentido, la nueva línea de cornisa de los dos volúmenes se unifica, para dar unidad al conjunto. El nuevo acceso se orienta hacia el pórtico del edificio principal, que goza de una excelente vista de la nueva fachada que centra el discurso arquitectónico del edificio de la ampliación. Un quiebro rompe esa fachada en un gesto de bienvenida, construyendo una invitación, al proporcionar un patio que se convierte en zona de acceso.

La conexión entre el edificio principal y el nuevo por debajo de la calzada no es tanto un paso subterráneo como un conjunto de grandes espacios que conducen a una generosa sala que es vestíbulo, galería, escenario, espacio experimental, auditorio y sala de eventos, todo en uno. Es aquí donde comienza la escalera central del nuevo edificio, que se hace eco de los materiales existentes en el edificio principal, como el color gris, el mármol veteado de Carrara de los suelos y el yeso en bruto gris de las paredes.

Las fachadas son paredes de ladrillo gris, que exudan el aire atemporal y arcaico de una antigua ruina. Su construcción ha sido diseñada para configurar un volumen monolítico, enfatizando la horizontalidad mediante ladrillos alargados de solamente cuatro centímetros de alto. El sorprendente patrón de sombras proyectadas por las capas de ladrillo que se proyectan y se alejan alternativamente, en función de la profundidad elegida para la junta, amplifica esta impresión de masividad. Al igual que las fachadas del edificio principal, las del nuevo edificio sugieren el estándar tripartito de la arquitectura clásica, al partir la altura del edificio en basa, fuste y capitel. Este orden se visualiza a través de diferentes tonos de la fábrica en ladrillo gris, así como en un friso ejecutado como un delicado relieve. El friso, en su forma arquetípica, siempre ha formado parte del canon tradicional de la arquitectura, constituyendo mediante su ornamentación una narración, una fachada mediática tallada en piedra.

Con una actualización tecnológica, la solución adoptada es una reinterpretación de esa solución clásica. Hundidas en las ranuras de los bloques del friso se disponen tiras de leds que iluminan los huecos entre los ladrillos, derramando una luz indirecta en el espacio urbano circundante. El resultado es un efecto visualmente muy llamativo ya que logra que la mampostería de aspecto arcaico comience a brillar. Además, esa luz difusa controlada por un sistema informático puede ser utilizada para mostrar textos y gráficos, convirtiendo la fachada de la nueva construcción en un gran cartel anunciador.

De esta manera, el nuevo edificio habla el mismo idioma que su homónimo, pero no puede ser considerado una repetición o una copia del edificio principal, sino más bien una propuesta contemporánea, una construcción con visión de futuro y capaz de acomodar completamente nuevas formas de arte, así como nuevas posibilidades para los artistas residentes en el museo.

La sutileza con la que el friso queda bañado por la luz permite a la fachada cambiar su carácter, pareciendo a veces maciza y pesada, mientras que, en ocasiones, parece casi transparente, y sugiere diversas interacciones entre el interior del edificio y el espacio urbano circundante. Durante el día, el brillo de las uniones iluminadas corresponde a la de la luz del ambiente exterior. De esta manera, ante el espectador emerge una obra poética de gran alcance de luces y sombras, que es fugaz y, sin embargo, parece ser tan sólida como la propia mampostería. A medida que la luz del día se desvanece, el friso se adapta a las nuevas condiciones ambientales, aumentando la potencia lumínica y transformando el ladrillo cada vez en un elemento más radiante. Se crea así la ilusión de que la mampostería es porosa, como si fuese a permitir que alguien pudiera ver el interior del edificio.

El friso de luz se extiende a través de las siete alineaciones de la fachada, hasta alcanzar una longitud total de 115 metros. Con 3 metros de altura y a 12 metros sobre la acera, este juego tecnológico de la fachada se convierte en un faro urbano, en un nuevo rostro visible desde gran parte de la ciudad, capaz de convertir la cultura y el Kunstmuseum en un referente para la ciudad de Basilea.