19/06/2016

La historia de nunca acabar
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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El pabellón español de la Bienal de Arquitectura recibía a finales de mayo, de mano del presidente italiano Matteo Renzi, el León de Oro que acredita la labor de sus dos comisarios, Iñaqui Carnicero y Carlos Quintáns. El galardón premia una exposición que, bajo el nombre “Unfinished” (“Inacabado”, en inglés), pretende reflexionar sobre el hiato sufrido por la arquitectura del Estado español tras el ciclo desarrollista entre los años 1992 y 2006, y los diez años de precariedad que lo sucedieron.

En la muestra aparecen dos claves para entender lo sucedido desde 2006. En la parte central de la exposición, unas series fotográficas documentan el parón del ladrillo, su decaimiento y resurgimiento, a través de la mirada de arquitectos que observan la antigua arquitectura de pelotazo y recalificación; naves abandonadas, edificios a medio hacer, rotondas que ordenan un descampado. Fotógrafos reconocidos del ramo –en ocasiones arquitectos de formación– como Adrià Goula o Iñaki Bergera firman estas obras.

En el viaje fotográfico de la sala principal comparecen ante nosotros fotografías que muestran otro tipo de ruinas, las de pisos que están a punto de ser reformados. Los arquitectos de esas obras han nacido durante la década de los ochenta, y se formaron al albur de los de la generación anterior, profesores que presumían de currículum lleno de Fondos de Cohesión Europeos.

Esas dos visiones, lo que no fue y lo que podrá ser, son los ejes de una exposición que ahonda, sin hacer demasiada crítica, pero sin esconder la realidad, en la difícil situación de una generación cuyas expectativas de trabajo muchas veces se limitan a campos de trabajos anteriormente exclusivos de interioristas.

Prosiguiendo con la exposición, en la segunda parte de la muestra, vemos 55 obras seleccionadas en donde se nos presenta la arquitectura como una herramienta para sobreponerse a las dificultades materiales. Esos mismos arquitectos que han sido educados para hacer polideportivos, palacios de congresos y bibliotecas municipales, buscan la manera de construir con menos materiales y más ingenio. De ese modo, aparecen obras como la Casa Luz, de Arquitectura G, la Casa 104 de H Arquitectes, la reforma del estudio San Jerónimo de Estudio Cuac o el bilbaino Auzo Factory de Matiko de Suárez Santas.

Muchos otros países han optado por una aproximación similar, respondiendo al leitmotiv que el recientemente ganador del premio Pritzker y comisario de la Bienal, Alejandro Aravena, había propuesto: “Reportando desde el frente”. Con ese lema, el chileno hacía referencia a la pretensión de esta edición de desgranar los procesos mediante los cuales la arquitectura creaba la comunidad, y viceversa, al tiempo que se reflexionaba sobre el modo de construir. El propio Aravena establecía el tono general del certamen, realizando una instalación en las Corderías del Arsenale veneciano, utilizando una hectárea de cartón yeso y 14 kilómetros de perfiles de aluminio desechados de la Bienal anterior.

No puedo sino imaginar que puede haber algo de morbo en todo esto. La última vez que el pabellón del Estado español ganaba este galardón fue bajo el patrocinio de Francisco Álvarez Cascos, en el momento ministro de Fomento español, que inauguró la muestra comisionada por el arquitecto Alberto Campo Baeza. La velocidad de crucero que la arquitectura tenía en aquel 2000 contrasta con las imágenes que muestra este 2016. Frente a los palacios de congresos, hoy en día encontramos rehabilitaciones de viviendas; frente a los aplacados de mármol, hoy vemos materiales reciclados, sin revestir en muchos casos.

En un mundo tan competitivo y de lenguas tan afiladas como el de la arquitectura, el galardón debe ser entendido primero como una loa a la humildad de la profesión, que ha debido volver a usar técnicas tradicionales de construcción como las bóvedas de fábrica, reinventando la profesión alejándose de las divinidades que en los ochenta pululaban el panorama.

&discReturn;Y es que la cantidad de arquitectos surgidos en las numerosísimas escuelas de arquitectura creadas durante el calentón del ladrillo (superando las 55 escuelas en todo el estado español) han sacado al mercado a una generación que busca trabajo en nichos anteriormente relegados a otros perfiles. ¿Qué pensaría Alberto Campo Baeza si en el año 2000 le hubiesen dicho que en un futuro cercano el grueso de una muestra de arquitectura ganadora del León de Oro lo forman unas obras que no construyen, sino reforman y que en varios casos son simplemente soluciones de mobiliario?