08/03/2020

«Hágase arquitecto, a ver si lo puede hacer mejor»
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBÉNIZ
0102_arki341

Existe un cierto mito sobre la diferencia de gustos entre el público en general y los arquitectos. Siempre se puede encontrar uno con un colega, airado, que despotrica contra la incultura general de sus clientes. En realidad, esas actitudes son propias de otra época, quiero pensar que tanto la sociedad y los arquitectos han evolucionado para converger en un punto medio, más culto y menos autocrático.

Lejos quedan esas bochornosas escenas en las que Sáenz de Oiza espeta a un propietario del edificio El Ruedo de la M-30 madrileña diciéndole que se vaya a estudiar arquitectura, ante sus quejas al no poder colocar una cama en una habitación, por ser demasiado estrecha. El arquitecto navarro, con las impostas y los triglifos hinchados, le acaba soltando una frase, inmortalizada por la televisión, que resume muy bien la fractura entre técnicos y sociedad: «Deje su trabajo y hágase arquitecto, a ver si lo puede hacer mejor».

A Oiza hay que reconocerle el cuajo de ir en persona a encontrarse con unos inquilinos bastante cabreados. Esa misma seguridad en el trabajo realizado llevó a otro Premio Nacional español de Arquitectura, el pontevedrés César Portela, a comerse una soberana bronca el día que entregaba la restauración de la iglesia Santa María das Areas, en Fisterra. Los parroquianos protestaban, ante la atenta mirada de la prensa, por la decisión del arquitecto de pintar la piedra interior en varias bóvedas y arcos. Portela aducía que, originalmente, la piedra estaba pintada como elemento de protección ante el salitre, pero la cosa se fue calentando, hasta el punto de que la oposición pidió que se considerara al arquitecto “persona non grata” en el pueblo.

Puede que el tema no fuera una cosa exclusiva de Portela, ya que una trifulca muy similar se vivió, a escasos kilómetros de Fisterra, pocos años atrás con otras arquitectas; los parroquianos del Santuario de Nosa Señora da Virxe da Barca, en la Costa da Morte, tampoco vieron con buenos ojos la apuesta por unas líneas más minimalistas de Carmen García y Carmen Rey, encargadas de la rehabilitación del templo, destrozado tras el incendio provocado por un rayo que destruyó casi todo el interior de este importante santuario, retablo mayor incluido. Un grupo de vecinos se personó el día de la fecha de recepción de la obra, montando la bronca por unos muebles de cerezo con un claro déficit de molduras y ribetes. Las arquitectas tuvieron que salir por patas ante el cabreo y la cerrazón del respetable.

Proyectos arriesgados. Portela tenía experiencia en obras que implicaran contacto directo con los usuarios finales, ¡y de qué manera! En los años 70, el Patronato de la Vivienda Gitana le encargó un proyecto de siete viviendas para realojar a otras tantas familias en Pontevedra. Las casas se diseñaron para permitir un alto nivel de autoconstrucción, de bajo costo, para familias muy numerosas. El proyecto, estudiado hoy en día en todas las escuelas de arquitectura del Estado español, tomaba la distribución de un tren de pasajeros, después de una serie de trabajos de contraste con los usuarios finales. Unas décadas más tarde, los siete edificios aparecen irreconocibles, modificados por sus usuarios, agenciados, apropiados. En ese punto (y es ahí donde surge la fractura entre gusto culto y popular) algunos pensarán que la modificación de un trabajo de alguien de la talla de Portela es una aberración, y otros opinarán que el proyecto mejora con las modificaciones de los inquilinos.

Tratar con el usuario final como un protagonista activo es algo que no se enseña en las escuelas, pero es esencial. Volviendo a ese trocito de costa gallega, lo de César Portela es un gusto por el riesgo; Ya lo corrió en el propio Fisterra, cuando planteó uno de los conceptos de cementerio más innovadores que existen. El cementerio de Costa da Morte es la quintaesencia de la separación del gusto técnico y popular; azotado por los vientos gallegos, una serie de cubos de granito aparecen sobre una ladera, aparentemente desperdigados en la ladera del monte, mirando al mar. Dentro de cada uno, doce nichos vacíos. Los habitantes de Fisterra no quisieron ser enterrados en ese lugar, que rompía radicalmente con lo que era un camposanto en la muy católica Galicia: un tapial cerrado, con los nichos haciendo de muro entre los vivos y los muertos.

Portela consiguió una cosa que pocos cementerios logran, convertir el lugar de paso de una vida a la muerte en un sitio totalmente naturalizado, rivalizando con el cementerio de Skogskyrkogarden de Estocolmo, obra maestra de Gunnar Asplund. Pero si se hace de espaldas a los usuarios, ¿qué importa todo eso?