24/05/2020

Reportage
 
Borbones en Euskal Herria

Las andanzas del emérito monarca español, sabidas desde su juventud, pero ingresadas bajo la alfombra por la mayoría de la clase política española, han puesto a la dinastía en la lista de la presencia informativa. Han sido tantas que, finalmente, sus escándalos han rebosado el umbral que podían sujetar los servicios de inteligencia y el vaso se ha desbordado.

Iñaki Egaña
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Juan Carlos I pasará a la historia agrandando la ya de por sí extensa y excelsa vida política, social y sexual de su casa, la de los Borbones. A su hijo, Felipe, que tomó el nombre de un monarca cuyo primer reinado lo hizo bajo la estirpe de los Habsburg, le espera la honra de alcanzar o superar el nivel de su padre. Ya se ha puesto a ello y la verdad es que tiempo, tiene.

A pesar de lo que pueda parecer, la dinastía es anterior a las destilerías que ya en el siglo XIX se asentaron en el sur de lo que hoy es EEUU, en especial en Kentucky, precisamente en el condado de Bourbon. Aquel territorio fue colonizado por franceses y británicos, entre ellos el mítico Daniel Boone, que se lo arrebataron a cheroquis e iroqueses para darle el nombre de la hoy monarquía hispana, hasta poco antes también francesa. Luego, colonos escoceses e irlandeses harían grande el nombre del whisky de maíz. Es muy probable que dentro de unas décadas el del whisky sea la única referencia viva a la marca francesa.

Esta dinastía tomó el nombre del castillo francés de Bourbon, en la actual región de Auvergne (hoy con capital en Clermont-Ferrand), una rama secundaria entonces de los Capétiens (Capetos). Los Capétiens fueron el origen de la mayoría de dinastías europeas, por línea paterna. Entre ellos, el de Felipe VI, rey de España. También de los reyes de Castilla, Aragón, Portugal, Nápoles, Sicilia, Nafarroa, Polonia, Hungría… y ducados, condados y marquesados que fueron en algún momento de su historia independientes.

En el Estado francés, los Borbones llegaron al trono con Enrique IV, en el siglo XVI. Paradójicamente, Enrique IV era monarca navarro, destronado al sur de los Pirineos, quien, a la muerte sin descendencia del último de los Valois, otra dinastía que tal, heredaría el trono. Así que, caprichos del destino, la dinastía que acabó con los fueros tanto en Ipar como en Hego Euskal Herria, que mostró su efigie más absolutista y centralista para con las nacionalidades periféricas, tuvo su primer punto de apoyo, antes de París y Madrid, en la regencia del Reino de Nafarroa.

Cuadro en el que se escenifica a Felipe V junto con su familia, pintado por Louis-Michel van Loo, que se conserva en el Museo del Prado.

Enrique IV fue el primer soberano que permitió la libertad de culto, después de perder una guerra de religión que puso patas arriba los dominios franceses. Fue aquel de la famosa frase, “París bien vale una misa”. Las guerras feudales quedaron aparcadas y comenzaron, a través de la religión, las de exterminio: tres millones de muertos en siete conflictos concatenados.

No sé si por esa razón, la del punto de apoyo navarro, o por otra, que la dinastía también tuvo, entre lingüistas románticos, sus discípulos vascos. Hace ya cerca de tres siglos, con la dinastía borbónica asentada a ambos lados de la muga, ilustres como Iharce Bidassonet o Dominique Lahetizan, encontraban una explicación etimológica de raíz euskaldun a casi todo. Contaban, entre otras cosas, que Eva venía de “Ez-ba” (no-si), pues era natural que Adán diese a su mujer un nombre que transmitiese su ambigüedad. También que el origen de la casa Borbón era vasco: “buru-on”. No acertaron, pero dieron su toque de extravagancia a la dinastía.

Con relación a Ipar Euskal Herria y a Francia, la rama borbónica continuaría la descendencia de Enrique IV con tres Luises, XIII (1610-1643), XIV (1643-1715) y XVI (1774-1793), entre periodos imperiales, de restauraciones y republicanos. Fue el último, Luis XVI precisamente, el despojado de su corona y privilegios por una Revolución francesa que, democráticamente, a través de su Asamblea Nacional, le convirtió en ciudadano de a pie, Luis Capeto, y luego votó su ejecución: 362 votos a favor, 288 en contra y 72 abstenciones. Guillotinado un 21 de enero, el verdugo presentó su cabeza rebanada a la multitud en la Plaza de la Concorde, gritando “¡Viva la República!”.

Grabado de Isidore Stanislas Helman  sobre la ejecución de Louis Capet (Luis XVI), el 21 de enero de 1793 en la Plaza de la Concorde. (Fondo Bibliothèque Nationale de France).

 

La rama surista, es decir la española, tuvo un comienzo realmente espantoso, apocalíptico. Las últimas generaciones de los Habsburg (Austria), esa dinastía con la que España había forjado su imperio a costa de un genocidio étnico y religioso en medio planeta, se habían cruzado entre sí, para evitar repartir sus posesiones. Y ya sabemos que la genética es implacable y la evolución sabia, creando monstruos estériles.

El último eslabón fue la boda entre tío y sobrina que dio como herencia un único hijo vivo, pero no sano. La consanguineidad abortó la descendencia y la casa de Habsburg desapareció, provocando una guerra de sucesión. Hoy se asegura que el último Habsburg, Carlos II, padecía el Síndrome de Klinefelter, una mutación cromosómica, que le provocaba, entre otros males, hipogonadismo (sus testículos no eran funcionales) e infertilidad. Pero en la época, para encubrir sus deficiencias genéticas, se le llamó “El hechizado” y se atribuyó su enfermedad a maldiciones de brujas.

La guerra dinástica española provocó más de un millón de muertos. La paz se firmó en Utrecht y todos los territorios españoles de Europa fueron adjudicados a los Habsburg austriacos y España a la citada rama lateral de los Borbones franceses, al nieto del rey Luis XIV. En 1740, con motivo de la muerte de otro Habsburg, esta vez en Austria y ante la falta de descendencia masculina, otras casas feudales volvieron a exigir el trono que evitaban fuese a parar a manos de una mujer. Otra guerra de Sucesión que, en este caso, volvió a dejar medio millón de cadáveres sobre los campos de Centroeuropa.

Representación del Tratado de Utrecht realizada por Abraham Allard.   
(Colección Gelonch Viladegut, Fondo Bibliothèque Nationale de France).

El primer Borbón que llegó a Madrid fue el duque de Anjou, quien adoptó el nombre de Felipe V y reinó entre los años 1700 y 1724. Le sucedieron Luis I (1724), de nuevo Felipe V (1724-1746), Fernando VI (1746-1759), Carlos III (1759-1788), Carlos IV (1788-1808), Fernando VII (1808; 1814-1833), Isabel II (1833-1868), Alfonso XII (1875-1885), Alfonso XIII (1902-1931), Juan Carlos I (1975-2014) y Felipe VI. Como es sabido, la sucesión prohibía el acceso de la mujer al trono, por lo que desde 2014, tras la abdicación de Juan Carlos, le sucedió su tercer hijo: Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia.

Como en otros escenarios y con semejante botín de por medio, los aspirantes y pretendientes al trono, también de sangre Borbón, han tenido su espacio reivindicativo, en especial y dramáticamente durante las guerras carlistas. En ambas los pretendientes se llamaron Carlos, de ahí el apelativo a las guerras dinásticas. El primero habría sido, de triunfar su candidatura, Carlos V y el segundo, Carlos VII. Difirieron en el segundo apellido, Borbón-Parma y Austria-Este, respectivamente.

En la Transición, a la muerte de Franco, destacó, frente a la figura de la línea oficial de Juan Carlos, la del pretendiente Carlos Hugo Borbón-Parma, que dio un giro radical al carlismo, convirtiéndolo en autogestionario e incluso creando un grupo armado para enfrentar al nuevo estado monárquico, los GAC (Grupos de Acción Carlista). Tras su disolución, algunos de sus militantes ingresaron en el PCE y otros, incluso en ETA. El Estado se tomó su venganza con la matanza en Jurramendi, en 1976.

Carlos Hugo era el segundo hijo de Javier Borbón-Parma. La hija mayor de Javier, María Francisca, al ser mujer y como era norma, no contaba en la sucesión, al igual que en la línea oficial. Javier Borbón-Parma fue una veleta política. Participó en los preparativos políticos del golpe de Estado contra la República española en 1936 y, durante la Segunda Guerra Mundial, se sumó a la Resistencia aliada contra el nazismo. Detenido, fue condenado a muerte e internado en el campo de exterminio de Dachau, del que fue superviviente. Años más tarde, se reconcilió con el franquismo.

Carlos VII junto a sus tropas durante la última guerra carlista.
 Fotografía:Fondo Hernández

 

Hoy, los “carlistas” Sixto Borbón-Parma Borbón-Busset y Carlos Javier Borbón-Parma y Orange-Nassau reclaman el trono de Felipe VI. Porque, en 1936, el pretendiente carlista, Alfonso Carlos Borbón Austria-Este murió sin dejar descendencia masculina. Así que vuelven las interpretaciones. En Francia, los nostálgicos de la monarquía conservan su pretendiente preparado para un improbable salto medieval, Luis Alfonso Borbón Martínez-Bordiú. Aunque en esta ocasión, por razones de interpretación histórica, compiten con un aspirante de la casa Orleáns, Juan de Orleans y Wurttemberg.

Y para Nafarroa fue notoria, como sucesor de la dinastía Labrit, aunque no pertenecía a la línea Borbón, la exigencia de Pierre de la Motte-Messemé, que se declaró sucesor de los reyes navarros del siglo XVI. Presentó reclamaciones, apareció en la prensa y realizó una gira por sus supuestos dominios. Falleció en 2009 y a su hijo Robert-Pierre parece que le va al pairo eso de la realeza, más aún cuando no hay de por medio ornamentos ni estipendios económicos.

Por cercanía histórica, uno de los Borbones más efímeros, Alfonso XII, a punto estuvo de tener una existencia aún más breve. Hubiera cambiado el futuro de Euskal Herria, probablemente, y modificado el escenario político. Alfonso fue fruto de un escarceo de su madre Isabel II con un militar. Los cronistas de la corte lo cubrieron justificando que su consorte, su primo-hermano Francisco de Asís Borbón, era homosexual. En la historia los amantes extramatrimoniales de los Borbones son tratados como “favoritos”. Alfonso fue entronado al caer la Primera República española. Acababa de cumplir 17 años. Unas semanas más tarde, a principios de febrero de 1875, acudió a animar a sus tropas que marchaban triunfantes hacia Lizarra.

Cerca del Carrascal, sin embargo, los carlistas, fingiéndose en retirada, levantaron sus campamentos, para lanzarse, poco después, contra el grueso del Ejército español acantonado en Lacar. Sorprendidos los liberales, emprendieron la huida desordenadamente hacia Lorca, donde fueron emboscados por varias partidas carlistas. Un millar de soldados alfonsinos fueron muertos, varios miles apresados, mientras que el rey español estuvo a punto de caer prisionero. Faltó la coordinación entre las partidas carlistas para que la derrota alfonsina hubiera sido total.

Alfonso murió diez años más tarde de tuberculosis y le sucedió interinamente su viuda, María Cristina, que estaba embarazada. Unos meses más tarde nacería su hijo, también Alfonso, aunque con el añadido de León Fernando María Santiago Isidro Pascual Antón Borbón que, al cumplir los 16, en 1902, sería el nuevo monarca conocido como Alfonso XIII. Un monarca corrupto, títere de los militares y, como su dinastía, libertino. Dejó al menos media docena de hijos fuera de su matrimonio con la escocesa Victoria Eugenie of Battemberg.

Alfonso XIII en Donostia.Ricardo Martín. Fotocar. Kutxateka

 

Alfonso XIII abandonó Madrid en 1931, para refugiarse en París, mientras se proclamaba la Segunda República en el Estado español con la avanzadilla de Eibar. Tuvo siete hijos legítimos, varios de ellos hemofílicos. El sexto, en orden cronológico, (Juan Carlos Teresa Silvestre Alfonso, conocido por Juan), por renuncia de los anteriores o aplicación de la ley agnaticia (las mujeres se sitúan por detrás de los varones en la herencia), fue el elegido. El padre de Juan Carlos. Aunque no ejerció, por acuerdo con Franco. El primer hijo de Alfonso XIII, que por lógica sucesoria debería haber heredado el trono, fue repudiado por casarse con una plebeya cubana. Juan se casó con su prima Mercedes Borbón Orleans y tuvieron cuatro hijos, el segundo de ellos, Juan Carlos.

Proclamación de la República en Eibar el 14 de abril de 1931. Castrillo Ortuoste (Archivo General de la Administración Alcalá de Henares)

 

Alfonso XIII murió en Roma y su nieto Juan Carlos, que vivió en la capital italiana y en Portugal hasta los diez años, sería el elegido para sucederle, tras la muerte de Franco, en 1975. Dos años más tarde, Juan, el hijo de Alfonso y padre de Juan Carlos, que había pactado con Franco la sucesión, renunciaba a sus derechos.

Juan Carlos fue a Madrid por vez primera en 1948 y se ubicó en una finca de los banqueros Urquijo. Sus estudios, por decisión compartida entre la Casa Real y Franco, los llevaría a cabo en Donostia, utilizando el viejo Palacio de Miramar, sobre la bahía de la Concha, que el régimen había incautado a la República. Era el mismo escenario que utilizó su abuelo Alfonso XIII para veranear hasta que marchó al exilio en 1931.

Desde 1950 hasta junio de 1954, Juan Carlos, junto a su hermano Alfonso, vivió en el palacio donostiarra, aleccionado por los jesuitas, que se encargaron de la educación de ambos. Sus examinadores señalaron que Alfonso era el hermano listo y Juan Carlos, el tonto. De hecho, Alfonso continuó los estudios y Juan Carlos fue enviado a una academia militar.

 Juan Carlos y su hermano Alfonso en el Palacio de Miramar, sobre la bahía de la Concha.
Paco Mari (Fondo Marin. Kutxateka)

 

Dos años más tarde, en 1956, ambos se encontraban en Estoril (Portugal). Y llegó la tragedia, cuando Juan Carlos mató a su hermano. A día de hoy, la única versión oficial es la franquista, la de que a Alfonso se le disparó la pistola cuando la estaba limpiando. Con los años, el rumor de que el autor de su muerte fue Juan Carlos se convirtió en confirmación, edulcorada con el colchón de “accidente”. Únicamente el hoy emérito conoce la verdad. La intencionalidad o no.

El apartado sexual de los Borbones es quizás, por el morbo, uno de los aspectos más extendidos de sus reinados. Aunque los aparatos del Estado siempre han intentado ocultar el libertinaje innato a la dinastía, por eso de que han sido estandarte de estados confesionales (los papas hicieron de padrinos en los bautizos respectivos), lo cierto es que la sombra que han dejado ha sido y es sumamente alargada.

La excusa más extendida por parte de la historiografía oficial (o habría que decir hagiografía) de las aventuras extramaritales es la de las bodas de conveniencia, entre primos, muchos de ellos carnales, acordados desde que los herederos aún eran niños. Y que, para satisfacer los deseos carnales, naturales a pesar o por su sangre azul, debían experimentar fuera de la Corte. O sea, que no era libertinaje, sino necesidad. El poeta Gustavo Adolfo Bécquer editó un libro, con ilustraciones de su hermano Valeriano, titulado “Los Borbones en pelota”, que fue una sensación. Los dibujos de sexo explícito de los reyes y reinas los hicieron más humanos.

El conocido como Fernando VII, de infausto recuerdo para el pueblo vasco, y también para el español, que ejerció en la primera parte del siglo XIX y que a su muerte se desencadenó la Primera Guerra carlista, desposó en cuatro ocasiones, en dos de ellas con sobrinas y, en otra, con una prima. Sus biógrafos lo definen como un sádico y acomplejado por sus deficientes dotes sexuales, que convirtió a la Corte en un gigantesco prostíbulo. Llegó a escribir al Papa para que intercediese con su primera esposa que, al parecer, le negaba yacer maritalmente.

En el plano estrictamente político, los Borbones fueron también guerreros. Lideraron las campañas contra los independentistas de sus colonias. Ejecutaron sin piedad a cuantos se alzaron contra la metrópoli, entre tantos, a Xabier Mina. Ejecutaron, también, a los revoltosos de la Zamacolada vizcaina en tiempos de Carlos IV, actuaron contra los manifestantes que cantaban el “Gernikako Arbola” en tiempos de la Gamazada. Subieron impuestos, estancaron productos en su beneficio, impusieron el servicio militar obligatorio, abolieron los fueros centenarios y centralizaron su estado, confiriéndole un carácter absolutista y reaccionario. Son, en el siglo XXI, el residuo medieval de una Europa supuestamente modernizada.