Jaime Iglesias
Entrevue
Susana Rodríguez Lezaun

«La dualidad de Navarra y de los navarros funciona muy bien como punto de partida para el género negro»

Fotografía: Iñigo Uriz| Foku
Fotografía: Iñigo Uriz| Foku

Históricamente se ha dicho que la novela negra es, de entre todos los géneros literarios, aquel que presenta una mayor imbricación con la realidad social que retrata. Llama la atención, no obstante, que en un territorio con un índice delictivo tan bajo como el que presenta Nafarroa haya emergido, a lo largo de la última década, una generación de autores de literatura criminal verdaderamente puntera. Susana Rodríguez Lezaun (Iruñea, 1967) representa muy bien el espíritu de esa generación. Desde que en 2015 publicase “Sin retorno” (primera entrega de una trilogía que continuó en “Deudas del frío” y “Te veré esta noche”), ha ido definiendo su personalidad literaria tocando todos los palos del género habiéndose atrevido incluso con el thriller en “Una bala con mi nombre”.

Mujer que brilla al servicio de un género considerado tradicionalmente masculino, la escritora no solo se rebela contra esa clase de etiquetas sino que reivindica las posibilidades que le brinda la novela negra para visibilizar el papel activo que han venido alcanzando las mujeres en ciertos ambientes. Valga como ejemplo la inspectora Marcela Pieldelobo, protagonista de “Bajo la piel”, el último libro de la autora. Directora, asimismo, del festival Pamplona negra, Susana Rodríguez Lezaun nos habla de la singularidad de Nafarroa como enclave privilegiado para este tipo de narrativa y nos acompaña por alguno de los lugares que le han inspirado su más reciente novela.

Su anterior novela, «Una bala con mi nombre», era un thriller ambientado en Boston, ahora regresa a casa con una novela negra muy enraizada en la realidad sociopolítica de Nafarroa. ¿Cómo ha sido este viaje de ida y vuelta?

“Una bala con mi nombre” fue como irme de vacaciones. Acababa de concluir la trilogía “Sin retorno”, cuya última entrega, “Te veré esta noche”, me resultó especialmente dura de escribir, fue una experiencia bastante intensa y en ese momento necesitaba un respiro. Por eso, acometer un thriller ambientado en Boston me permitió tomarme esas vacaciones pero claro, finalizadas estas, una se ve obligada a volver a su hábitat y “Bajo la piel” representa ese regreso. Mi hábitat literario es la novela negra y mi hábitat geográfico, Navarra; yo no me veo capaz de escribir una novela negra que transcurra en Madrid, por ejemplo, porque es un escenario que no controlo y creo que eso le restaría verosimilitud a mi narrativa. Difícilmente podría creerse el lector lo que le estoy contando si yo misma no me lo creo. Por eso, al margen de ambientar mis novelas en un entorno conocido, soy mucho de documentarme y de patear los escenarios en los que transcurre la trama.

Hay quien dice que, frente al thriller o al policiaco puro y duro, donde lo que prima es la resolución de un misterio, la novela negra es un género que demanda de un fuerte arraigo con el territorio que retrata. ¿Usted también lo ve así?

La novela negra es un género que atesora una carga de denuncia social muy acusada y esa denuncia funciona si te ciñes al terreno por donde te mueves. Es posible que en otros sitios acontezcan el mismo tipo de delitos que se dan en Navarra, pero para mí sería más difícil ubicarlos. Si tengo que hablar de corrupción, extorsión o del tipo de crímenes de los que hablo en “Bajo la piel” y quiero dotar al relato de una carga crítica y que lo que cuento resulte verosímil, me veo obligada a hablar de la realidad que conozco. Otra cosa es la libertad que te da un género como el thriller, de hecho yo no había ni estado en Boston cuando escribí “Una bala con mi nombre” pero ahí la realidad social no tenía tanto peso en la trama y, como tal, me dejé llevar más por la imaginación a la hora de construir una ficción.

En este sentido, ¿qué elementos aporta Nafarroa y, de un modo más concreto, una ciudad como Iruñea a su narrativa? ¿Qué peso tienen?

Navarra tiene varios puntos que la diferencian de otros territorios. Para empezar tenemos una tradición foral que nos hace hablar con orgullo de nuestra singularidad y de nuestras virtudes. Pero también somos una sociedad con sus defectos porque Navarra ha sido, históricamente, un territorio de familias poderosas que han manejado el desarrollo de la comunidad a su antojo y, aunque su influencia hoy en día no es tan patente como lo era en los años 60 o 70, siguen ahí. No hacen tanta ostentación de su fuerza y manejan su influencia de un modo bastante más discreto pero siguen estando muy presentes. Yo, en una novela anterior, dije que Navarra, y singularmente Pamplona, son como una señora que a veces se viste de moderna. Cuando escribí aquello se me criticó mucho pero yo creo que, a pesar de la modernización que ha vivido la región, seguimos siendo un territorio muy arraigado a sus tradiciones. Esa dualidad tan característica de Navarra y de los navarros me atrae mucho y creo que funciona muy bien como punto de partida para el género negro porque al ser, como somos, una sociedad tan polarizada, el conflicto está ahí latente.

¿Cómo explica esa eclosión de escritores de novela negra en un territorio como Nafarroa? ¿Tantas posibilidades ofrecen estas tierras para el relato criminal?

Es curioso porque tenemos uno de los índices de criminalidad más bajos del Estado. En Navarra casi todos los crímenes que se cometen son literarios (risas). Pero sí, es cierto que contamos con una cantera de escritores y escritoras de novela negra muy potente y encima es que la mayoría de ellos son buenísimos. Supongo que también se debe a que en Navarra tenemos mucho bagaje lector. Desde los años 80 hemos crecido con clubes de animación a la lectura y una red pública de bibliotecas que nos ha ayudado a formarnos y eso también ha influido para que de nuestro territorio hayan salido muchos grandes autores, no solo de novela negra, también de otro tipo de géneros. De hecho, también tenemos muchos poetas interesantes.

¿Cree que hay un paralelismo con el caso de la novela negra escandinava?

Ibon Martín, de hecho, habló en una ocasión del “eusko-nórdico” como subgénero (risas). Sí, ese paralelismo existe porque tanto entre nuestros autores como entre los escandinavos hay una tendencia a eso que se conoce como el domestic noir, es decir, una novela negra ambientada en entornos restringidos, en pueblos o en ciudades pequeñas. Yo creo que los escritores escandinavos utilizan mucho más el clima a la hora de conferir singularidad a su novela negra, pero nosotros podíamos hacer lo mismo porque al final tanta lluvia marca el carácter y, de hecho, en “Bajo la piel” es algo que uso mucho, intentando explicar a mis personajes a partir de la climatología y el paisaje.

El Mirador del Caballo Blanco es para la autora «uno de los rincones más bonitos y singulares de Pamplona. Sobre las murallas de la ciudad, en el Baluarte del Redín, el mirador es un amplísimo balcón que ofrece una vista de 180 grados sobre los barrios periféricos de la ciudad y los montes cercanos. Además, acoge el Mesón del Caballo Blanco, un agradable espacio en el que pasar las tardes de verano. Marcela Pieldelobo, la protagonista de “Bajo la piel”, no guardará, sin embargo, muy buen recuerdo de este rincón».

 

De hecho, en «Bajo la piel» hay dos escenarios claramente diferenciados, Iruñea, donde la protagonista, Marcela Pieldelobo, desarrolla su labor como inspectora de policía cargada de adrenalina y Zugarramurdi, que viene a representar un oasis de calma y bienestar para ella. ¿Por qué esa elección?

Porque yo creo que ella misma necesita marcar las diferencias entre la ciudad, que es su enclave de trabajo, el lugar donde ella se enfrenta a la vida, y aquel otro entorno donde realmente se siente viva. Esa dualidad en la que la inspectora Pieldelobo divide su persona, su alma, su mente, su ser, es un poco la que define también a la propia Navarra como territorio donde las costumbres y la forma de ser y de vivir cambian mucho del sur al norte. Yo no creo que esas diferencias nos dividan, como tradicionalmente se ha dicho; al contrario, me parece que conforman una realidad enriquecedora. Zugarramurdi, por ejemplo, resulta un lugar emblemático no solo por su exuberancia paisajística, sino por esa mezcla cultural donde conviven con absoluta naturalidad sensibilidades muy distintas. En este sentido, Zugarramurdi tiene esa cosa del ‘vive y deja vivir’ que caracteriza a los enclaves fronterizos.

Frente a eso, Iruñea, en su novela, representa el poder en sus distintas variantes, el poder político sí, pero sobre todo el poder económico y, ligado a este, el poder del Opus Dei. ¿Su sombra, hoy en día, sigue siendo alargada?

Yo nací a finales de los 60 y recuerdo haber crecido en una sociedad donde las élites del Opus Dei tenían una presencia muy fuerte y remarco lo de las élites porque yo creo que hay muchos Opus: está el de quienes forman parte de él por una cuestión de creencias y los que militan con la ambición de estar cerca de los núcleos de poder. En aquella Navarra de los 80 su influencia era muy notable, hoy en día hemos evolucionado hacia un modelo de sociedad donde su presencia no es tan visible. Es verdad que esas élites siguen manteniendo su poder en el ámbito empresarial, financiero e incluso educativo y sanitario pero han relajado su posición, se han vuelto más discretos y han conseguido adaptarse al devenir de los tiempos, aunque siguen estando ahí, como lo prueba el hecho de que en todos los gobiernos del PP ha habido ministros del Opus. Dicho esto, lo que retrato en mi novela no es tanto el poder del Opus Dei, sino los esfuerzos por defender su estatus de dos familias concretas que están vinculadas a la orden. Todos aquellos que han alcanzado una posición de poder se esfuerzan por mantenerla cueste lo que cueste.

Antes de descollar como escritora usted ejerció de periodista. ¿Su aterrizaje en un género como la novela negra es una consecuencia inmediata de su anterior trabajo? Se lo pregunto porque en ese acercamiento al lado más oscuro de la sociedad navarra, que lleva a cabo en sus obras, se percibe una cierta deformación profesional.

Es algo que me dicen mucho, que se nota que soy periodista, que nunca dejaré de serlo y que además en mis novelas hay como un amor a la profesión. Y reconozco que es verdad. Aunque ahora ya no ejerza como reportera no puedo evitar seguir interpretando la realidad en clave periodística. En este sentido, sigo siendo una consumidora compulsiva de medios tradicionales, de prensa, de radio y de televisión, desecho la idea de acercarme a la realidad a través de las redes sociales porque me parecen un bluf y un peligro. Yo creo que ese poso de investigación, de denuncia que alienta la labor del buen periodista, está presente en todos mis libros. De hecho, cuando escribí mi primera novela tuve que rehacerla para rebajar esa influencia porque releyéndola percibí que me había salido un reportaje de quinientas páginas (risas). En sucesivos libros he ido aprendiendo a trabajar en un registro ya más literario pese a lo cual mi mirada sigue siendo periodística.

El periodismo ha sido una fuente de aprendizaje para muchos autores de literatura criminal.

Completamente, es que te enseña muchas cosas. Yo cuando más me divertí como periodista fue la época en la que me tocó cubrir tribunales. Igual queda muy feo decirlo, ¿no? Pero lo cierto es que ir a los juicios, acompañar a la Guardia Civil a la escena del crimen e incluso adelantarnos a ellos a la hora de descubrir un cadáver, como nos pasó una vez, fueron experiencias que me marcaron. Una vez metes el morro ahí ya no quieres sacarlo, no sé si por morbo, por curiosidad malsana o por qué, pero créeme que es un tipo de curro que genera adicción. Con los juicios me pasaba lo mismo, yo recuerdo que cubrí el primer juicio que hubo a un teniente de la Guardia Civil por abuso sexual. La agente que lo denunció tuvo que salirse del cuerpo para poder hacerlo y que le juzgaran por la vía civil y no por la militar, porque por la vía militar era probable que la cosa hubiera acabado en nada. Ese tipo de experiencias van despertando en ti un interés que, al final, cuando empiezas a escribir, es el que termina por conducirte a la novela negra.

 

En el corazón del casco viejo, el Bar Malkoa es un clásico incombustible al paso del tiempo, al cambio de las modas e incluso a las pandemias. Estrecho, oscuro, discreto, ofrece buena música y todo tipo de bebidas, incluido el chupito de Jäger que tanto le gusta a Marcela Pieldelobo.

 

 

¿Qué ventajas diría que tiene la literatura frente al periodismo de cara a desentrañar ese juego de intereses sombríos que acontece en la trastienda de nuestras sociedades?

En el periodismo no puedes inventarte nada, eso por supuesto, pero tampoco puedes darte el lujo de elucubrar, te tienes que limitar a contar lo que hay. Y no estoy hablando de ser objetiva, porque tú en el momento en el que eliges el orden en el que ofreces al lector unos datos, estás ya posicionándote, pero sí de ser rigurosa. Frente a eso, la literatura te permite explicar los hechos y hacerte preguntas, aventurar hipótesis y, en última instancia, inventarte una solución y eso es maravilloso porque incluso te permite ejercer de justiciera, algo que, como periodista, no puedes ser (risas).

En el caso concreto de esta novela, usted afirma que con «Bajo la piel» es la primera vez que crea una historia al servicio de un personaje. ¿Cómo fue este proceso?

Fue extraño porque en mis anteriores novelas siempre partía de la visualización de una imagen o de un suceso violento y a partir de ahí tiraba del hilo e iba construyendo la trama del libro en mi cabeza. Solo después me paraba a pensar qué tipo de personajes iba a necesitar para contar esa historia. En este caso ha sido totalmente al revés: yo veía a Marcela Pieldelobo, veía sus tatuajes, su carácter, la oía hablar y me parecía una personalidad rica, fascinante. Pero siempre que la veía la veía quieta y fue esa necesidad de ponerla en acción la que me llevó a escribir “Bajo la piel”, construyendo una trama que estuviera a su altura, donde ella pudiera lucirse. De hecho, no fue la primera historia que escribí para ella, antes ya había iniciado otra novela sobre Marcela Pieldelobo pero cuando llevaba setenta u ochenta páginas la abandoné, porque sentía que lo que estaba escribiendo no hacía justicia a la complejidad del personaje. Al ser esta su primera aparición literaria, me resultaba muy importante que Marcela fuese capaz de presentarse ante el lector sacando a relucir sus pensamientos, sus emociones. Evidentemente las siguientes novelas que escriba sobre ella serán más cortas porque ya no tendré necesidad de que el personaje se explique.

¿La idea entonces es dar continuidad al personaje convirtiendo «Bajo la piel» en el inicio de una serie?

Pues todo depende un poco de cómo funcione esta primera novela, y de si la editorial quiere, pero a mí me encantaría. De hecho, ya tengo empezada una segunda novela protagonizada por ella. Mientras Marcela tenga algo que contar tiraré para delante con ella y sin límites porque es un personaje que me tiene enganchada. Y si en algún momento me aburro de ella, siempre puedo volver a tomarme unas vacaciones como hice con “Una bala con mi nombre” (risas).

Si, como acaba de decir, Marcela Pieldelobo es un personaje que llevaba tiempo habitando bajo la piel de Susana Rodríguez Lezaun, la pregunta es obligada. ¿Qué conexión hay entre usted como autora y su protagonista?

Es un personaje que me exige mucho, mucha introspección y también mucha imaginación porque las diferencias conmigo son abismales y, en ese sentido, ponerme en su piel para hacerla caminar y hacerla actuar y que sus comportamientos resulten creíbles me plantea un gran esfuerzo. Pero, al mismo tiempo, creo que Marcela tiene también cosas de mí, por ejemplo, esa retranca irónica, aunque ella puede llegar a ser más borde que yo y, por lo general, no se deja ayudar. Yo creo que a ambas nos gusta mucho mandar y también compartimos ese rechazo a que cuestionen nuestro desempeño profesional por ser mujeres, como si el hecho de ser mujer diera puntos, que es una frase que incluyo en el libro porque la he oído por ahí alguna vez y es algo que me subleva escuchar.

En los últimos años la nómina de escritoras que se han aventurado en un género tan plagado de testosterona como la novela negra ha crecido exponencialmente. ¿Cree que el incremento de mujeres escribiendo este tipo de narrativa le ha dado al género otro enfoque?

Yo es que no creo que haya miradas masculinas y miradas femeninas, creo que hay visiones personales y cada uno de nosotros es capaz de percibir la realidad de una manera partiendo de su educación, sus inquietudes, las cicatrices que lleve en la vida… Como tal, tampoco creo que haya una literatura o unos géneros literarios masculinos y otros femeninos. El nombre del autor que precede al título en la portada de cualquier libro es un elemento anecdótico que no debe condicionar las expectativas del lector. Por ejemplo, aquellos que entren en una novela como “Bajo la piel” pensando que por estar escrita por una mujer puede que atesore una sensibilidad que no cabe exigírsele a un autor masculino, probablemente se lleven un chasco porque en mi novela hay sexo, hay violencia, hay corrupción y todo ello expuesto de una manera muy cruda. ¿Eso me invalida como voz femenina? Sinceramente, no lo creo.

Cada vez hay más novelas negras protagonizadas por mujeres aunque personajes como el de Marcela Pieldelobo parecen estar cortados por el mismo patrón que esos detectives rudos y plenos de virilidad que protagonizaron con carácter exclusivo las primeras novelas negras. ¿Esto se debe a que el género tiene sus propios códigos u obedece a razones más profundas?

Hay un error que muchas mujeres cometemos cuando accedemos a puestos de responsabilidad y es el hecho de copiar las actitudes masculinas, incluso en el vestir. Tendemos a endosarnos trajes de colores oscuros y a hacer las mismas horas que ellos para reivindicarnos laboralmente descuidando, como han hecho históricamente ellos, la vida familiar. Las mujeres hemos asumido todas esas funciones manteniendo, paralelamente, la exigencia de ser sostén del hogar y creo que en eso nos hemos equivocado. La doble jornada ha sido demoledora para nosotras, no alcanzabas a conciliar tu vida personal y tu vida profesional y encima eso te valía recriminaciones. Y ese tipo de conflictos, como no podía ser de otro modo, están presentes en las mujeres que protagonizan novelas negras, mujeres que han renunciado a su vida personal y cuya reputación profesional la han construido adoptando actitudes masculinas. Dicho lo cual, también es verdad que el propio género tiene sus propias claves y te exige un tipo de personajes con unas actitudes muy concretas. El protagonista o la protagonista de una novela negra no puede ser alguien pusilánime, sino una persona con carácter y determinación para enfrentarse a situaciones violentas y, si encima le das un cargo de responsabilidad, ha de ser alguien capaz también de mandar.

En este sentido, ¿cabría la esperanza de vislumbrar el surgimiento de una novela negra en clave femenina y feminista o es apuntar demasiado alto?

Teniendo en cuenta que la novela negra es un género que históricamente ha reflejado la realidad del momento en el que ha sido escrita, lo ideal para que se produzca ese cambio de paradigma es que la sociedad realmente cambie. En este sentido, mantengo la esperanza de que las próximas generaciones sean capaces de salir de esa trampa en la que nos hemos visto atrapadas las mujeres de mi edad para que puedan realizarse plenamente sin verse obligadas a tener que elegir entre sus progresos profesionales y sus responsabilidades familiares. Porque no es justo que te hagan elegir entre lo uno y lo otro. Si la sociedad es capaz de cambiar en ese sentido, la novela negra reflejará ese cambio.