Periodista / Kazetaria
LITERATURA

Hablar por la herida

Si nunca es recomendable juzgar a los géneros literarios desde una perspectiva jerárquica, dicho error se vuelve insalvable cuando hablamos de esta autora mexicana, quien, previo paso por la poesía y el relato corto, corona ahora su itinerario con la publicación de una primera novela. Recorrido que en absoluto debe de ser interpretado como el colofón a una progresión con vistas a la plenitud estilística, y sí bajo la naturaleza de un ariete que derriba las fronteras entre disciplinas para hacer del lenguaje un mapa sin muros. Solo así se puede entender -y comprender- una obra perfectamente hilada desde una fragmentación compartida por sus protagonistas, pequeños paisajes en ruinas desde los que se contempla la oscuridad pero también la luz.

Un álbum fotográfico familiar habitado exclusivamente por mujeres, o al menos son las que sustentan el poder emocional de la narración, vinculadas por un ADN mucho más extenso que el celular, ya que todas ellas representan, cada una a su manera identificativa, la extensión de un mismo idioma hecho de vocablos ausentes que tratan de ser desvelados. Un misterio que entronca con el dolor, el silencio y los espacios abandonados que, sin embargo, se convertirán en hogar para la sucesión de la estirpe.

Puede que no exista historia colectiva sin trauma, ni herencia a salvo de una donación de lesiones íntimas. Elementos con los que se topará Ele durante la búsqueda de su desaparecida madre, una misión abordada en compañía de una pintoresca cohorte, incluidos los aliados ladridos de una perra, que traza una particular epopeya en torno al involuntario hallazgo de una identidad suspendida entre interrogantes. La verdad convertida en un espejo que, se quiera observar o no, despide su reflejo.

“Malacría”, al igual que una de esas sobrecogedoras imágenes a las que es necesario acercarse para descubrir la infinita gama de pequeños colores y detalles que la componen, expone el retrato de una línea de sucesión concreta que es al mismo tiempo la representación del universal anonimato que ha perseguido y ocultado el relato de las mujeres. Porque ni ellas, ni nadie, se componen solo de la letra escrita y visible. Todo aquello que no acertamos a traducir, o incluso desconocemos, es parte también de nuestra biografía. Entre los escombros, más allá del polvo que dejaron los sueños desplomados, también se esconde el rastro de reliquias, al igual que la sangre puede ser el fatal detonante de una herida o el flujo necesario para hacer hablar al corazón.