De mercado popular a espacio turístico: la encrucijada del Mercado de la Ribera
Testigo de inundaciones, reformas, crisis y transformaciones urbanas y sociales, el Mercado de la Ribera de Bilbo ha sabido reinventarse a lo largo de su historia. Hablamos con sus comerciantes y con su actual responsable para conocer cuál es su situación actual y los retos de futuro que vislumbran.
Aunque su fisonomía ha mutado en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, el Mercado de la Ribera es uno de los espacios más antiguos y representativos de Bilbo, estrechamente vinculado a su fundación y desarrollo. Su origen se remonta al menos al año 1300, cuando la Carta Puebla fundacional de la villa ya establecía el derecho a celebrar un mercado semanal en el emplazamiento actual. Inicialmente fue un mercado al aire libre situado junto al puente de San Antón, en un entorno clave para el comercio y la vida social de la ciudad, que fue adaptándose a la realidad y a las necesidades de cada época.
En el siglo XIX, el mercado experimentó una profunda transformación. Comenzaron a cubrir los puestos con tejavanas que proporcionaban resguardo estable ante las inclemencias meteorológicas. Ya a finales de siglo, se construyó una estructura de tres naves a base de hierro y cristal. En la década de 1920, se tomó la decisión de construir un nuevo mercado acorde a los criterios de higiene y modernidad de la época y, el 22 de agosto de 1929, se inauguró el edificio proyectado por el arquitecto Pedro Ispizua, cuyo diseño, con algunos cambios, es el que ha llegado a nuestros días.
Las graves inundaciones de 1983 obligaron a reformar el edificio. En 2008, el Ayuntamiento se hizo con la gestión del mercado, que desde el año 2000 estaba en manos de los comerciantes, y emprendió una reconstrucción completa para subsanar los graves defectos estructurales que arrastraba. Este trabajo se hizo bajo el proyecto del arquitecto Emilio Puertas, que respetó, a grandes rasgos, el realizado por Ispizua. Así, en 2012 se inició oficialmente una nueva etapa con instalaciones más modernas.

NUEVOS TIEMPOS Y RETOS
Aunque desde hace ya unas décadas el peso de los mercados en el consumo diario ha ido perdiendo terreno frente a las grandes cadenas de supermercados, el Mercado de la Ribera ha ido adaptándose a los nuevos tiempos y todavía mantiene el pulso. Actualmente tiene 47 puestos abiertos, divididos en dos plantas, y en 2025 alcanzó 2.359.225 de entradas, lo que lo sitúa como uno de los enclaves más visitados de la villa. Pero esas cifras no corresponden únicamente a clientes del mercado tradicional, ya que el espacio también cuenta actualmente con una amplia zona de bares y restaurantes, así como con un jazz-bar en la planta baja. Este espacio multidisciplinar, cada vez más orientado al turismo, es lo que ha hecho crecer exponencialmente el número de visitantes en los últimos años.
Pese a su capacidad de atracción y a su papel simbólico dentro de la ciudad, el Mercado de la Ribera afronta importantes retos de futuro. En los últimos años se ha producido una pérdida progresiva de puestos -siete desde 2020- que refleja las dificultades estructurales del comercio tradicional, especialmente en lo que respecta al relevo generacional y a la sostenibilidad de los negocios familiares. A ello se suma la creciente competencia de los supermercados y grandes cadenas, que ofrecen una experiencia de compra cada vez más orientada a la comodidad del consumidor.
Asier Beato, presidente de la Asociación de Comerciantes del Mercado de la Ribera, describe la situación actual del mercado como parte de un proceso de cambio constante. «El comercio está siempre cambiando, siempre adaptándose al público, que es el que nos dice por dónde tenemos que ir. Sigue manteniendo su esencia, con muy buen producto a un precio muy ajustado», explica. Sin embargo, reconoce que el peso de los mercados municipales dentro del consumo es hoy muy reducido: «En estos momentos, los mercados en el Estado tenemos una cuota de mercado de un 5% aproximadamente, y aquí en Bilbao la cifra es notablemente menor».
Los comerciantes comparten la sensación de estar en un espacio que va cambiando con el paso del tiempo. Los más veteranos recuerdan un lugar mucho más poblado y bullicioso, organizado por plantas y con una intensa actividad. «No había tantas grandes superficies, salvo Eroski y poco más, y eso se notaba muchísimo en el movimiento y la vida que tenía el mercado», señala Ander Ibarra, carnicero con más de 45 años de trayectoria en La Ribera.
El cambio en los hábitos de consumo es uno de los elementos que más se repite en los testimonios. «La gente ahora vive más deprisa y muchos prefieren ir a un supermercado, donde encuentran todo más concentrado y pagan de una vez. El mercado es diferente; compras cada cosa en un puesto, hablas con los comerciantes, te recomiendan qué comprar. Hay a quien le gusta más ese estilo más pausado, pero a otros no», explica Miren Ansoleaga, veterana que regenta un puesto en la primera planta donde cada día trae verduras de su propia huerta en Lezama. «Hoy en día se consume de otra manera. La gente o no sabe cocinar o no quiere cocinar, y tira más de platos ya elaborados que encuentra en los supermercados», añade Ibarra.
La pérdida de la hostelería tradicional ha sido otro de los fenómenos que ha golpeado a los mercados tradicionales, y especialmente a este. «Este mercado siempre ha estado muy ligado al Casco Viejo. Históricamente, Casco Viejo y Mercado de la Ribera han sido uno. Los hosteleros venían aquí en busca de productos tradicionales y de temporada. Pero ahora eso ha cambiado: encontrar comida tradicional en los restaurantes del Casco Viejo es muy complicado», explica Ibarra.

EL TURISMO
Por contra, el auge del turismo en los últimos años ha traído nuevos visitantes al Mercado de la Ribera. «Nuestros principales clientes son de aquí, pero cada vez hay más turistas», señala Xabier Ortueda desde su puesto de charcutería, donde trabaja como tercera generación familiar. Pero, aunque el turismo sea el factor que ha hecho que el número de visitantes crezca, los comerciantes advierten de que no es una solución estructural y que, en términos económicos, no sustituye a la clientela habitual. «Se ve mucho turista, pero la compra que hacen no tiene nada que ver. El turista compra algún producto típico para probar o regalar en su ciudad de origen, pero lo que hace que un mercado siga vivo es el cliente del día a día», apunta Amaia Madrazo, que, con quince años al frente de un puesto de frutas y verduras, es ya la cuarta generación en el negocio familiar.
En esa línea se expresa también Beato: «Estamos sustituyendo bilbainos por turistas, y el impacto económico no es el mismo. El turista no viene y compra carne o pescado, su compra es mucho más baja, puede llevarse un queso o, sobre todo, hacer fotos. El reto es hacer que los bilbainos vuelvan a venir aquí».

BASE FIEL DE CLIENTES Y UNA VENTANA DE OPORTUNIDAD EN LOS JÓVENES
Pese a todo, los comerciantes subrayan que el mercado mantiene una base fiel de clientes. «Entre semana, sobre todo, la mayoría de clientes son los de toda la vida, los que ya tienen una confianza contigo y vienen habitualmente. Tengo clientes que ya lo eran de mi madre, incluso a algunos de esos ahora les mando el pedido a casa porque ya no pueden venir», dice Ansoleaga. «Aunque los tiempos han cambiado, seguimos manteniendo muchos clientes de toda la vida, que es muy importante. Luego siempre está la gente que prueba», indica Carlos Azabal desde la pescadería en la que lleva trabajando ya 25 años, los últimos dos como dueño y socio.
Y, aunque la mayoría de clientes es gente mayor, los comerciantes perciben con optimismo un progresivo cambio de tendencia en los últimos años, con cada vez más jóvenes que se acercan al mercado en busca de una dieta de mayor calidad. Así lo explica Madrazo: «Entre semana es, sobre todo, gente mayor la que viene, pero los sábados viene mucha gente joven, cada vez más». «Creo que hay cierto sector de gente joven que cada vez se preocupa más por lo que come y viene aquí buscando producto fresco y de kilómetro cero», añade Ortueda en la misma línea.
Y es que el Mercado de la Ribera mantiene uno de sus principales valores diferenciales: la calidad del producto. En sus puestos sigue primando el género fresco, de temporada y, en muchos casos, de proximidad, seleccionado diariamente por comerciantes con décadas de experiencia. Un modelo basado no solo en la venta, sino en el conocimiento del producto, el asesoramiento al cliente y una relación calidad-precio que, según defienden los propios vendedores, resulta difícil de igualar en otros canales de distribución.

RELEVO GENERACIONAL EN PELIGRO
Ese tímido relevo en el perfil de la clientela, sin embargo, no se traduce automáticamente en un cambio detrás de los mostradores. Y es que uno de los temas que genera mayor preocupación es el relevo generacional. Entre los comerciantes, la mayoría coincide en que hoy no resulta fácil atraer a jóvenes a este oficio, no tanto por una cuestión económica, sino por el estilo de vida que implica. Señalan que el trabajo en un puesto de mercado exige una dedicación constante y una implicación personal que no siempre encaja con las expectativas laborales actuales. «Hay que madrugar, hacer muchas horas y trabajar los sábados. Eso, hoy en día, no es muy apetecible para la gente joven», resume Ibarra.
Históricamente, los puestos han ido pasando de generación en generación, pero los comerciantes señalan que incluso esa tradición familiar que durante décadas garantizó la continuidad de los puestos se está quebrando. Así lo indica Ansoleaga, asegurando que sus descendientes no van a tomar las riendas del puesto cuando en pocos años se jubile.
El mercado también ha tenido que adaptarse al canal digital. Aunque Beato reconoce que «no es lo que más nos gusta, porque nos gusta que la gente venga aquí y vea el producto», considera que es una vía necesaria: «Es un canal más de venta en el que tenemos que estar».

DEFICIENCIAS
A este contexto de transformación social, algunos comerciantes, y especialmente desde la asociación, apuntan a factores físicos y de funcionamiento del propio mercado que dificultan su competitividad. «Tenemos dos hándicaps muy importantes. El primero es el acceso: el mercado ha quedado como una especie de isla y es complicado llegar hasta aquí. El otro es el tema del aparcamiento: el parking más cercano se encuentra en el Arenal, a diez-quince minutos andando, algo poco práctico para quienes hacen la compra cargados de bolsas. Aunque el edificio cuenta con estacionamiento propio, solo se usa para la logística del propio mercado», lamenta Beato.
También menciona problemas en el mantenimiento del espacio. «El mantenimiento deja mucho que desear. Hay problemas recurrentes como goteras, una iluminación pobre, una temperatura inadecuada o deficiencias en la limpieza. Publicamos muchas veces fotos de goteras en el mercado, que a nosotros no nos gusta publicarlas, pero es que no hay forma de que las arreglen», lamenta. En su opinión, estas carencias no pasan desapercibidas para la ciudadanía.
Además, Beato, al analizar la memoria de gestión del mercado, asegura que el único apartado que ha aumentado en los últimos años es el gasto en personal de Bilbao Zerbitzuak, mientras que «no han aumentado ni las partidas para seguridad, ni la partida de limpieza, ni las partidas de promoción del mercado».

EL ETERNO DEBATE DE LA GESTIÓN
Desde la Asociación de Comerciantes del Mercado de la Ribera defienden la necesidad de cambiar hacia una gestión directa del equipamiento por parte de los propios vendedores, alegando que desde Bilbao Zerbitzuak «no se están haciendo las cosas bien». Inciden en que desde el año 2020 se ha pasado de 53 puestos activos a 46 y denuncia que «no existe una búsqueda activa de nuevos comerciantes para que vengan al mercado». «Queremos gestionar el mercado nosotros mismos porque creemos que lo podemos hacer mejor. Va en nuestro negocio», insiste.
Desde Bilbao Zerbitzuak, el gerente José Antonio Fernández muestra cierta comprensión ante estas demandas, pero recuerda experiencias pasadas y cuestiona la fórmula de la gestión directa: «Esa pantalla ya la hemos vivido, ese juego ya lo hemos jugado».
En el año 2000, el Ayuntamiento dejó en manos de los comerciantes la gestión del mercado y, tras algunas desavenencias sobre la reforma del edificio, el Ayuntamiento volvió a tomar el control en 2008. A juicio de Beato, la autogestión «fracasó porque, cuando la situación económica de los comerciantes empeora, lo primero que se aparta es el mantenimiento, lo que genera un círculo vicioso de deterioro del espacio y pérdida de atractivo».
Fernández apunta que la gestión del resto de mercados municipales de Bilbo funciona con la gestión directa de los comerciantes y la situación no es mejor. El de San Inazio, tras varios años viendo cómo el número de puestos abiertos descendía, cerró definitivamente sus puertas en 2023. Y el de Labayru podría seguir sus mismos pasos; de los 14 puestos que tenía a comienzos de 2020, ahora solo quedan cuatro.

Asimismo, rechaza la visión de abandono del Mercado de la Ribera y defiende que, tras la gran remodelación finalizada en 2012, el mercado «ha ganado en calidad y en presencia». Además, destaca las «importantes inversiones» realizadas los últimos años, como la instalación solar fotovoltaica o el nuevo sistema de frío industrial, acciones que, más allá del ahorro energético y económico, reducen emisiones de CO₂ y contribuyen a un modelo de mercado más responsable con el entorno.
Preguntado por los retos de futuro, el gerente de Bilbao Zerbitzuak apunta que «no es solo cuestión de futuro, sino de presente». Reconoce que «a veces no tenemos grandes soluciones», pero señala la importancia de seguir acompañando a los comerciantes y pone en valor la campaña iniciada el año pasado y «que va a tener continuidad con cada vez más fuerza durante todo el 2026 para promocionar los mercados municipales».
Fernández admite limitaciones presupuestarias, pero insiste en la necesidad de equilibrar las inversiones entre múltiples servicios municipales. «Si tuviéramos diez veces más presupuesto, necesitaríamos quince», reconoce Fernández.

MIRANDO AL FUTURO
Pese a las dificultades, los comerciantes defienden que el Mercado de la Ribera conserva un valor diferencial difícil de replicar en otros espacios de consumo. Más allá del producto, subrayan la dimensión humana y social del mercado. «Aquí el cliente viene buscando algo más que comprar. Pregunta, se deja aconsejar y confía en lo que le dices. Además, aquí estableces mucho vínculo. Yo no diría que tengo clientes, tengo amigos», afirma Ansoleaga, resumiendo una forma de relación basada en la confianza y el trato cercano. Desde la pescadería, Azabal coincide en que ese contacto diario es uno de los principales atractivos del mercado: «Te cuentan su vida, tú les cuentas la tuya. Eso también gusta».
En la misma línea, el gerente de Bilbao Zerbitzuak también defiende el papel social de los mercados municipales como espacios de encuentro y cohesión. «No son solo lugares para comprar, son puntos de relación», señala. Para él, mantener vivos estos espacios es también una forma de preservar una manera de entender la ciudad y el comercio de proximidad.
Así, entre debates sobre gestión, cambios en los hábitos de consumo y dificultades para garantizar el relevo generacional, los comerciantes coinciden en una idea: el Mercado de la Ribera seguirá teniendo sentido mientras conserve esa relación directa y humana que lo ha definido durante siglos.
«El Mercado de la Ribera es historia de Bilbao y seguirá mientras los bilbainos quieran, que espero que sea mucho tiempo. Por eso les animo a venir a este y al resto de mercados municipales y redescubrir una forma de comprar más humana, más sostenible, más sana y más justa», expresa Beato.





