Esclavos de la seguridad

El arte tiene la cualidad, siempre que sea manejada con el talento necesario, de convertir un espacio imaginario en una realidad absolutamente verosímil. Generar esa ilusión, que solo es posible desmoronarla si se analiza desde la más fría racionalidad, es primordial para alcanzar el éxito de una novela que, como la escrita por el autor guatemalteco, toma prestados para su sustento elementos claramente identificables y otros provenientes de la más pura invención. Ya sea en cuanto a tiempo o lugar, este libro habita un territorio indefinido, hecho de coordenadas muy diversas que, sin embargo, termina plasmando una turbadora fotografía del presente.
Tanto en lo que respecta a la temática como a sus maneras estilísticas, esta obra sintetiza muchas de las características de su firmante, porque la prosa afilada y concisa que en su acumulación amasa un tono casi febril, está encomendada a reflejar esa condena dictatorial que persigue al destino de América Latina. Mutada para la ocasión en un formato donde el noir y la distopía se alían, mediante la intercesión de una mezcla entre Sciascia, Kafka y Philip K. Dick, para ejercer su lupa política sobre un sustrato ficcionado, eso no impide que la superpoblada cárcel de alta seguridad, en la que se encuentra el recluso cineasta que ejerce de protagonista, contenga gritos y lamentos que riman con los entonados hoy en día.
En una suerte de intento de gran evasión, los personajes aquí reunidos cruzan sus caminos, un suelo por el que desplazan también sus pasos errantes hileras de inmigrantes, amenazados y enfrentados a los tentáculos de un avance (sería osado llamarle progreso) tecnológico que apuesta todo su valor al tradicional manto de totalitarismo con intenciones homogeneizadoras. Chips de infinitos e incomprensibles mecanismos ocupando el mismo espacio que cuerpos extenuados cargando sus escasas pertenencias bajo el anhelo de intentar cruzar una frontera.
Rodrigo Rey Rosa vuelve a lograr, esta vez invocando el futurismo y la aparente trama inaudita, conjurarnos en torno a las formas de expresión, diferentes pero comunes, que encuentra el poder para vestir de seguridad y bienestar lo que no es sino el camino más corto, y doloroso, para imponer su relato dictatorial. Un panorama transformado en un espectro con vistas hacia un incierto porvenir dominado por prisiones acorazadas, con millones de anónimos hacinados, convertidas en ensayos represivos en nombre de la democracia. ¿No les recuerda a nada?




