22/02/2015

Instrucciones de montaje
IñIGO GARCíA ODIAGA
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La arquitectura, al igual que otras artes creativas, busca inspiración en otros mundos, en otros campos cercanos, intentando establecer relaciones con las inquietudes del mundo contemporáneo. Al mismo tiempo, la teoría de la disciplina se va construyendo con estas aportaciones, realizando un esfuerzo por salir de la estricta endogamia que la arquitectura construye a su alrededor. Seguramente el actor y director de cine mudo Buster Keaton jamás imaginó que sus películas de los años 20 y 30 podrían servir de base y referencia para la arquitectura de vanguardia del siguiente siglo.

En el cortometraje titulado “Una Semana”, de 1920, Buster Keaton describe cómo una pareja de recién casados intenta construir una casa prefabricada en una pequeña parcela de tierra que habían adquirido para formar su futura familia. La casa desmontable, concebida para ser auto-construida en siete días, es descargada en diferentes embalajes a modo de un gran rompecabezas de la actual Ikea.

La casa, que es uno de los regalos que han recibido por su reciente boda, se convierte en la protagonista de la cinta. Las dificultades comienzan cuando un antiguo amor despechado de ella decide vengarse de la pareja alterando los códigos que numeran las cajas de los diferentes componentes de la casa. Keaton, desconocedor de la treta, comienza a construir la casa siguiendo escrupulosamente las instrucciones que vienen con las piezas: la 1, ahora la 2, encima la 3, al lado la 4, etc. Las piezas parecen no ser las adecuadas o no encajan según el esquema esperado, pero él sigue montándola con la seguridad que le otorgan las instrucciones. El resultado final es sorprendente: la puerta de entrada está en el segundo piso y abre directamente al cuarto de baño, las ventanas están desencuadradas, el tejado girado y la barandilla es una escalera. La amuebla y la habita; al fin y al cabo, su construcción, aunque extravagante, es su casa.

De la alteración de esas normas, al igual que en la película de Buster Keaton, se nutre por ejemplo el movimiento deconstructivista, que Frank Gehry o Peter Eisenman consagraron con edificios como el Guggenheim de Bilbo, en el caso del primero.

Probablemente sin lo narrado en la cinta “Una Semana” tampoco la obra de Clarence Schmidt hubiese existido. Cuando tenía 31 años, Schmidt adquirió un terreno en las montañas de Catskill, cerca de la ciudad de Woodstock. Desde que se asentó en aquellas montañas, comenzó una actividad artística muy alejada de la ortodoxia predominante. Schmidt, que había sido cantero y escayolista, comenzó a construir una cabaña. En ella ensayó la construcción con materiales de desecho y de poca calidad, como traviesas de ferrocarril, cortezas de árbol o viejas planchas de vidrio. En esta cabaña, que vendió poco después, pasó veranos enteros durante los años 30. Posteriormente comenzó la construcción de la Casa de los Espejos, mediante troncos, cortezas, ventanas de antiguos edificios, pinturas baratas, multitud de clavos oxidados, piedras del lugar y muchos otros materiales encontrados por él mismo. Levantó su casa a lo largo de los años y fue creciendo como un ser vivo de carácter vulnerable e incompleto. Schmidt se valía de sus manos, ayudado de andamios que disponía alrededor de la casa y que posteriormente consolidaba y entraban a formar parte de este conjunto de fragilidad técnica.

La casa llegó a alcanzar siete plantas con 35 habitaciones, todas ellas conectadas con multitud de galerías, porches, pasillos, excavaciones en el terreno, escaleras o pasarelas construidas a lo largo de los años con una evolución claramente centrífuga, atendiendo a los parámetros del lugar, pero también a la lógica de las piezas que se van sumando.

Al igual que las piezas de las cajas de Buster Keaton, las acumuladas por Schmidt construyen una nueva realidad, un nuevo orden proveniente únicamente de las relaciones construidas entre la acumulación de los desechos, que por separado no tendrían ningún sentido.

A la pintoresca imagen que tenía la casa por su peculiar forma de construcción, se le unió la multitud de objetos que Clarence Schmidt fue colocando en el exterior e interior de la vivienda. Toda esta amalgama de objetos formaba un laberinto, unido en conjunto por una multitud de espejos dispuestos en un jerárquico caos.

La Fabrique es un pabellón de jardín recientemente inaugurado, que está construido con una mezcla similar de seriedad y ligereza. El pabellón está edificado con ventanas recicladas rescatadas de escombreras y demoliciones, y ha sido diseñado y levantado por el estudio de arquitectura Bureau A en un par de días. La ligereza viene de la relación directa entre el pensar y el hacer. Normalmente, los procesos de la arquitectura suelen ser largos y complejos, pero aquí se reducen a un punto donde el arquitecto monta piezas, diseñando y construyendo al mismo tiempo bajo el latido que el conjunto va demandando.

Por lo demás, la naturaleza del pabellón se asemeja a una arquitectura provisional, pero, al mismo tiempo, espontánea y antigua por la gastada vida de sus componentes. Como el regalo de boda de Buster Keaton, La Fabrique es un pabellón extravagante, pero también una arquitectura poética y lúdica en un contexto teórico e intelectualmente serio.