22/03/2015

Regreso al futuro
IñIGO GARCÍA ODIAGA
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La arquitectura, como toda actividad humana, tiene una fuerte vinculación con la época que la construye. La economía, la política social o la cultura van perfilando y adueñándose del estilo de cada obra, hasta definir un estilo propio de esa época. Por eso, el trabajo desarrollado por el arquitecto Max Dudler es tan intrigante. Su oficina se ha enfrentado al reto de construir en entornos históricos muy marcados, como varios castillos medievales alemanes, pero, por contra, los proyectos que han desarrollado tienen un cierto carácter atemporal. Parecen contemporáneos, y lo son, pero al mismo tiempo ofrecen la apariencia de llevar en ese mismo lugar una eternidad.

El nuevo centro de visitantes en el castillo de Heidelberg se integra perfectamente en su entorno. Sus muros de fábrica están construidos con la misma piedra que los edificios ya existentes, en una reinterpretación de los muros históricos que conforman el propio castillo. El castillo de Heidelberg es una de las edificaciones renacentistas más importantes al norte de los Alpes. El pasado convulso del edificio, lleno de batallas y guerras, hizo que en el siglo XVIII quedara totalmente abandonada. Cuando se decidió albergar en él un museo, se acordó también el propósito del nuevo edificio: familiarizar a los visitantes con el castillo y su historia antes de que accedan al museo propiamente dicho.

La edificación se mezcla con las fortificaciones históricas que la rodean gracias a la reinterpretación de los elementos de la arquitectura del lugar. Las ventanas del centro de visitantes se colocan de acuerdo a las necesidades interiores del edificio y ofrecen a los visitantes nuevas relaciones visuales con el castillo y con el jardín exterior.

En la fachada se utilizó la arenisca local del valle de Neckar para construir una pared monolítica con juntas apenas visibles, siguiendo la misma técnica que siglos atrás emplearon los constructores de la muralla histórica.

A diferencia del exterior, las superficies del interior son lisas, los vidrios de las ventanas se sitúan al ras de las paredes de yeso blanco y el pavimento del suelo es un terrazo pulido. En el interior se muestra con rotundidad lo más actual, dejando a las claras cuál es la edad real del edificio, justo antes de iniciar el recorrido por el propio castillo.

En 2004, el arquitecto suizo ganó un concurso para renovar también el castillo de Hambach y sus jardines con el objetivo de hacerlos más atractivos y accesibles a los turistas. Los trabajos para actualizar los usos del castillo se dividieron en varias fases y, justamente estos días, el equipo de Max Dudler ha finalizado la construcción de la última de ellas. Las dos primeras fases consistieron en restaurar el castillo y desarrollar un restaurante contemporáneo en uno de los lados. En la tercera y última fase se ha creado un edificio auxiliar en el perímetro norte exterior de los jardines, que hace las veces de un centro de visitantes. Max Dudler eligió de nuevo la piedra arenisca local, en este caso una procedente de las canteras de Leistadt, para las paredes y el techo del edificio de entrada, creando una afinidad con las estructuras históricas.

Pero en este caso, además del material, también la forma establece una relación directa con el pasado. El edificio sigue efectivamente la morfología curva del sitio y desarrolla una geometría aparentemente espontánea y desplazada, pero al mismo tiempo refleja la forma arquetípica de una casita o de una construcción rural.

Con este “truco”, Dudler hace posible la adaptación del volumen del edificio en el entorno, pero al mismo tiempo, convierte su geometría en una forma escultórica de gran fuerza plástica, al modo de la arquitectura más actual.

Cada ventana de este edificio auxiliar tiene el mismo tamaño, creando un ritmo a través de cada una de las paredes, de modo que revela el gran espesor de la piedra, lo que nos remite a la cantería medieval, pero en un claro contraste con los vidrios tecnológicos, rabiosamente actuales, que acaban por cerrar los huecos.

Max Dudler insiste en que cualquier adición al edificio histórico debería aumentar, ampliar y construir la estructura existente en el lugar, no abrumarla. Tal y como él mismo ha declarado, «la arquitectura debe respetar el idioma del lugar mediante la presentación de una respuesta arquitectónica adecuada al lenguaje de lo existente, pero sin olvidarse de lo que le toca vivir».

Teniendo en cuenta que el edificio tiene casi dos mil años de historia, las relaciones entre lo nuevo y lo viejo debían ser sutiles, y desde luego el proyecto lo consigue, ya que crea un conjunto arquitectónico equilibrado con un estilo contemporáneo arraigado en la tradición y en la historia.

Si un castillo es en esencia un muro, la idea de Dudler en ambos proyectos puede resumirse en: levantar el nuevo edificio a partir de un muro que armonizara con el existente. El resultado final es el de unas estructuras discretas y limpias que complementan el castillo, y que hacen difícil datar temporalmente el conjunto. Se integran tan bien y, al mismo tiempo, muestran con tanto descaro su modernidad que por momentos parecen obras antiguas y por momentos parecen trasladar el conjunto a un nuevo futuro, rescatándolo de un pasado de abandono, batallas y luchas bélicas.