Apocalíptica y enloquecida carrera por el desierto infinito

La desertización es la expresión física por excelencia del futuro distópico, y ninguna otra saga cinematográfica ha plasmado mejor ese panorama apocalíptico que “Mad Max”. Por eso su tan ansiado regreso se nos ha hecho eterno, pero por fin ya está aquí, y más en forma que nunca. El retraso hay que achacárselo a mil y una circunstancias adversas, porque no es fácil poner en pie una película que finalmente ha costado alrededor de los 150 millones de dólares. La dificultad era tal, que el veterano cineasta australiano George Miller prefirió refugiarse en la animación y experimentar con ella. Además, tenía dudas con el guión, al buscar una forma de recomenzar la historia desde sus orígenes. Y, por último, había que dar con un sustituto para el ya madurado Mel Gibson. Con el tiempo todo se ha ido solucionando, a pesar de que el escollo definitivo estuvo en el accidentado, y varias veces aplazado, rodaje en el desierto de Namibia.
Lo importante es que a George Miller no le ha pesado el cumplir ya los 7o años, logrando la entrega más energética de la saga, con mucha más y trepidante acción que “Mad Max, salvajes de la autopista” (1979), “Mad Max 2: El guerrero de la carretera” (1981) y “Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno” (1985). Ha apostado fuerte por la idea del movimiento continuo, convirtiendo la película en una enloquecida carrera sin fin. Tanto es así que es como si la escena de las cuadrigas de “Ben Hur” durase dos horas.
Además, ha roto con la dependencia de los efectos digitales, utilizando especialistas para unas acrobáticas escenas de riesgo. Tom Hardy sigue siendo el conductor solitario de “Locke”, pero con la presión añadida de vivir en medio de una persecución rodante. El inglés encuentra a su pareja ideal en la sudafricana Charlize Theron, que logra hacer olvidar a toda una Tina Turner como reina del desierto apocalíptico.

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