Carlos GIL
Analista cultural

Noche

Condiciones variables para la epifanía. La noche más corta apremia a los impulsos para que se concreten. Ese beso, ese amanecer en brazos que sustenta una pasión, esa brasa que no se apaga. Un verso, una idea, un cambio, un deseo que se instala en la piel y electrifica.

Strindberg nos legó a Julia para entender una pulsión interclasista. Shakespeare elaboró una fascinante escena en los bosques para que concurrieran los cómicos gremiales, los duendes y la aristocracia. Y se convirtieron sus sueños en amorosa orgía.

No existe en el calendario una noche más iniciática. Si tienes el mar cercano, las sirenas aparecen tres segundos antes de que te duermas escuchando de fondo los petardos que se lanzan en otra latitud.

Si vives en el interior, atento, porque no hay sombra en el camino a tu casa que no te proponga una baile secreto. No esperes más que lo que tú seas capaz de jugarte en cada mirada. Esta noche equinoccial es la que convoca a las musas, los recuerdos, las pestañas pegadas y los suspiros masticables.

A partir de ahora, y por culpa de las fuerzas oscuras, todo lo que sucede en el ámbito de las artes escénicas se estabula en el rubro de ocio y entretenimiento. Es una corrupción conceptual que provoca lesiones irreparables en el cuerpo social. Tanto en las fiestas como en las programaciones comerciales. Es una mala costumbre. Sin fundamento teórico ni económico más allá de la comodidad de los que lo proponen porque nunca han sido encantados alguna noche por Puck.