Adi Rukun se atreve a levantar la voz en Indonesia

Se cumplen 50 años del golpe militar que condujo a la dictatura de Suharto en Indonesia, y a pesar de la continuidad en el poder de los genocidas, parece que no todo está perdido gracias a la labor cinematográfica de Joshua Oppenheimer. En todo este tiempo, el mundo civilizado ha hecho oídos sordos a las denuncias de los «tapol» (presos políticos) que sobrevivieron a las matanzas de comunistas que perseguían la supresión del PKI. Pero ha sido el díptico del comprometido cineasta danés nacido en los EEUU, compuesto por “The Act of Killing” y “The Look of Silence”, el que ha hecho sonrojarse a la comunidad internacional ante el olvido de uno de los mayores crímenes políticos de toda la historia.
Joshua Oppenheimer rodó las dos películas seguidas, a sabiendas de que la segunda entrega era la más peligrosa para la integridad física de sus intervinientes, expuestos a represalias. Sobre todo para Adi Rukun, que se decidió a dar el paso de alzar la voz y dejar a un lado el anonimato elegido por parte del equipo y colaboradores indonesios. Contaba, eso sí, con un plan de protección, e incluso de evacuación para él y su familia, en caso de que la situación llegara a hacerse insostenible.
Mientras que la primera entrega era una farsa, un teatrillo montado para que los verdugos revelaran a cámara su verdadera naturaleza, la segunda es una obra mucho más profunda que explora en el auténtico dolor de la tragedia colectiva. De los falsos ídolos de la masacre anticomunista se pasa a los familiares de las víctimas que encuentran en Adi Rukun a su portavoz, un héroe de la oculta resistencia que permanecía acallada de generación en generación.
Este optometrista de mediana edad se convierte en la metáfora viviente del necesario enfoque objetivo para acabar con la propaganda oficial que todavía se imparte en las escuelas, justificando lo injustificable a fuerza de mentiras sangrantes.

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