Carlos GIL
Analista cultural

De salón

Algunos defendemos que toda creación artística es un acto político. Que un cuadro, una sinfonía, un ballet, un verso además de todas sus posibilidades de crear una estructura de placer, de belleza, deja un sustrato ideológico porque cada gesto, cada corchea, cada sinalefa puede ser la explicación del mundo.  Y cada individuo explica el mundo según su ideario. Por lo tanto hay arte de una gran consistencia técnica, de un gran valor artístico que está en las antípodas de mi visión del mundo.

No hay neutralidad. Y menos actualmente en donde caemos en las mayores contradicciones. Vemos a grandes artistas plásticos que fueron revolucionarios en sus contextos históricos, en su arte que han sido asimilados por el sistema, que se exponen en edificios institucionales de los gobiernos más reaccionarios, que son subvencionados por las corporaciones más capitalistas y alabados por  los críticos más redundantes en su conspicua satisfacción de clase.

Sucede en casi todas las ramas del arte y al ver cómo y quién está detrás de estas actividades, parece que se está creando una suerte de nueva clase social que busca lo sublime, entrando en una especie de toma de conciencia crítica de salón, a modo de perfume elitista que además tapa los hedores de algunos comportamientos obscenos de los patrocinadores. El éxito de esta mordaza invisible es que nunca llega ese arte a las clases populares.