Raimundo Fitero
DE REOJO

La sangre

Acumulo colesterol emotivo, triglicéridos sentimentales y ácido úrico testimonial. La glucosa se me agria al ver cualquier noticiario. La sangre y su pureza embadurna mi aceite protector de las insolaciones ideológicas. ¿De qué está hecha la morcilla? ¿Y la propiedad privada, las herencias, las dinastías y el Ibex35? Llegamos a la vida envueltos en un magma sanguíneo, nos vamos de este estado administrativo con la sangre licuada o perdida o envenenada.

La sangre es alegría y dolor. Nunca debería ser certificado de pureza racial o de abstinencia sexual. La sangre de un torero corneado se mezcla con la del toro agónico. La sangre de una ablación es una violencia de género bendecida. Los jóvenes se hacen hermanos de sangre o se desangran a puñaladas. El hambre mata sin apenas sangre, pero es la sangría mayor de esta guerra templada silente. Sangre caliente o sangre fría. Siempre sangre.

Por eso que en la querida Portugal un gobierno delirante pida un certificado de abstinencia sexual de seis meses a los homosexuales para poder donar sangre es una vileza intelectual, un tic inquisitorial, una barbarie científica y social. La pureza de sangre no se pide ni a los pollos criados en cadena con piensos repletos de antibióticos que nos llegan directamente a nuestra sangre.

Quizás Daniel Rabinovich tenga la frase que nos explique su despedida de este mundo, que él convirtió en un mar de lágrimas provocadas por la risa y nos devuelva la razón con un juego de palabras para entender el anacronismo de pedir pureza de sangre hoy cuando con una gota se sabe hasta la talla de tus zapatos.

Tenía razón este notario humorista argentino: sobrevaloramos demasiado a la vida porque sabemos todos cómo acaba. Su corazón ha dejado de bombear sangre sabia.