Estadística incompleta de la violencia machista
Al menos cuatro mujeres han muerto, en lo que va de año y en Euskal Herria, víctimas de la violencia machista. La última, el pasado 8 de agosto en Bilbo. Leire Rodríguez perdió la vida a manos de su ex marido, que intentó suicidarse el mismo día en el que la Ertzaintza le citaba a declarar como principal sospechoso.
Cuatro víctimas. Al menos. Desgraciadamente, me inquieta la convicción de que el número es mayor, de que hay muchas más muertes que escapan a la estadística. Porque la estadística, por definición y naturaleza, es restrictiva y atiende a parámetros todavía más restrictivos. Esas cinco víctimas, no hay duda, lo son de una violencia física extrema y cruel, inhumana, que acaba de forma inmediata con la vida de una mujer por el simple hecho de ser mujer. Y esa es, precisamente, la definición básica de la violencia de género. La que se ejerce contra una mujer porque es mujer.
Pero hay más. Es la violencia que ejercen los hombres para mantener el dominio y la superioridad sobre las mujeres. Y mucho más. Es la violencia del hombre por controlar el cuerpo, la sexualidad y la propia existencia de la mujer. Es la violencia de las políticas neoliberales que desprecian y deprecian a las mujeres a través de esquemas laborales profundamente discriminatorios, cuando no directamente explotadores. Es, en definitiva, la violencia integral y consciente del patriarcado para despojar a las mujeres de sus derechos fundamentales.
Y todo eso, cada año y en Euskal Herria, provoca la muerte de muchas más mujeres de las que refleja la estadística. Muertes que no aparecen en los periódicos. Muertes silenciadas por la alarmante persistencia de una destructiva patología orgánica –no individual– que permea en la sociedad hasta sus últimas raíces. Bien está invertir en educación y también en seguridad. Pero sólo un cambio estructural permitirá revertir esta situación. Es mucho más que urgente.

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