Para viajar a la luna hay que pedir permiso a la NASA

No salgo de mi asombro cuando leo, a propósito de “Atrapa la bandera”, que la animación está cada vez más globalizada dentro de la deslocalización industrial. Supongo que son eufemismos para ocultar una terminología más exacta como la de sucursalismo o colonialismo cultural. En el estudio madrileño Lightbox pretenden competir internacionalmente con una película que quiere ser más yanqui que los largometrajes del género que se hacen en Hollywood. No hacen sino seguir una tendencia iniciada en el viejo continente ya en los años 80 por el alemán Roland Emmerich, que copiaba a Spielberg de modo hiperbólico con producciones mucho más exageradamente patrióticas, pensadas para deslumbrar al público de los países económicamente dependientes con toda la parafernalia asocidada al poder del dólar.
Enrique Gato también saqueó a Spielberg en su anterior “Las aventuras de Tadeo Jones” (2012), un héroe infantil nacido como una caricatura de Indiana Jones. En “Atrapa la bandera” no se da una referencia tan concreta, tratándose más bien de acudir al cine de entretenimiento familiar en la tradición de “E.T.” o “Los Goonies” de una forma más genérica. Luego, en las formas, el pobre diseño de personajes se rinde ante el talento superior de Pixar, y así la figura del abuelo astronauta se inspira en el viejo protagonista de “Up”. Eso en cuanto al aspecto externo, porque en lo relativo a su desarrollo argumental apunta hacia “Space Cowboys” de Clint Eastwood.
Aquí la carrera espacial es utilizada desde la lógica generacional para lanzar un mensaje profamilia, siendo el niño protagonista el que reconcilia al padre y el abuelo astronautas. Juntos volverán a hacer ondear en la luna la bandera de las barras y estrellas, una vez restituido el buen nombre de la NASA, en contra de la extendida leyenda urbana que dice que la misión del Apolo XI fue un montaje.

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