Víctor ESQUIROL
«Mi gran noche»

Qué noche la de aquel 2016

Llamemos las cosas por su nombre. Fuera máscaras. Admítelo, tu vida está marcada por esos momentos en que te enteraste, por fin, de que vivías en una mentira. Hablemos de desilusiones, decepciones o desengaños, lo mismo da. El resultado es siempre el mismo, esto es, una colleja cuyo eco resuena durante días. Por ejemplo, el día en que descubriste que Papá Noel era el vecino borrachuzo del segundo piso. O cuando te enteraste de que aquel milagroso gol en el minuto noventa que salvó del descenso al club de tus amores había estado previamente pactado gracias al intercambio de algún que otro maletín. O para entrar ya en situación, aquel fatídico fin de año en el que te chivaron que aquella fiesta de la tele que tan buen rollo te estaba transmitiendo, era en rigurosísimo diferido.

«Espera, ¿qué?»; «Pues eso, que la juerga ésta que se están corriendo todos esos pringaos, en realidad se celebró a mediados de octubre». Pum. Silencio. Y reflexión: Es falso... Todo es falso. Por suerte, tu interlocutor es ni más ni menos que Álex de la Iglesia, y con él, hasta la más amarga de las revelaciones se convierte en una excusa ideal para reírse un poco (que nunca viene mal) de la broma esa cruel en la que vivimos atrapados. “Mi gran noche” implica, básicamente, quitarse la espina que teníamos clavada desde la prometedora (pero a la postre decepcionante) “Muertos de risa”, del mismo autor.

Dieciséis años después de dicha película, el cineasta de Bilbo vuelve a tomarla con el mundo del espectáculo televisivo... y con todo lo que este implica. Y agárrense fuerte, porque en este trayecto lleno de curvas, tendremos que esquivar (o embestir, según cómo nos dé) obstáculos tan peligrosos como la risa enlatada, la condena de las segundas tomas, la tristeza del figurante, el falso directo, la caspa más deslumbrante (produce Enrique Cerezo, por cierto) o, para ponerlo todo en el mismo saco, la alegría impostada de esa fiesta de fin de año otoñal. Ya lo ven, el plató, esa mentira, como metáfora perfecta de esa otra gran mentira: nuestra propia existencia. Tan genial que no se escapa ni un gramo del geist de la hispanidad más rancia.

El guion a seguir lo firman los de siempre (la inseparable dupla de la Iglesia & Guerricaechevarría) y es, a grandes rasgos, el de siempre. Podemos contar con el arranque espectacular marca de la casa, también con las risas macarras que nos acompañarán a lo largo de casi toda la aventura... la incógnita es también un clásico: ¿hasta cuánto aguantará el gas? Y una vez más, al director de “El día de la bestia” le queda la asignatura pendiente de rematar la faena.

Eso sí, el placer gamberro en el que nos hemos recreado durante la primera hora (larga) de film, no nos lo quita ni todo el equipo legal de “Mediafrost”. La certeza de que el cine está a aún a tiempo de exprimir al máximo a Raphael como villano definitivo, tampoco.