Blair
La inmensa mayoría se hace una pregunta menor: ¿por qué Tony Blair dice ahora lo que dice sobre la guerra de Irak? Porque si una amplia mayoría sabía que se mentía, que se mentía de manera descarada y criminal, lo que debería explicarnos no es que tomó decisiones basadas en informes erróneos, sino quién le incitó a tomar esas decisiones sabiendo que le estaban mintiendo. Porque no se trata de errores de apreciación, sino de montajes militares y de los servicios secretos deliberadamente apañados para desencadenar ese horror del que todavía hoy sufrimos las consecuencias.
Es la mentira el combustible de toda la maldad, de todas las guerras y de todas ambiciones ocultadas bajo grandes palabras. La mentira como estrategia de comunicación. Crear una verdad a la medida de los intereses de unos pocos, para que la verdad afecte a una inmensa mayoría de ciudadanos. Una verdad que siempre llega teñida de sangre, destrucción, miseria y desolación. Esas infames caravanas de desplazados por las carreteras europeas vienen de esa mentira y de otras decenas más que salen de los departamentos de ventas de los fabricantes de armas y petroleras.
Si alguien espera algún simulacro de pedir perdón de Aznar, Duran Barroso o Bush, los otros tres fotogénicos de las Azores, debe empezar a tomar tila, porque hay confesiones que encolerizan más que el silencio de estos canallas que sabían previamente que todo era una gran mentira urdida para organizar un desastre mundial, una guerra interminable. Y ellos recibieron a cambio respaldo político, dinero negro sanguinolento, fama y copias de la foto.
Blair tiene cara de cínico con flatos perpetuos. Ha perdido perdón para reiniciarse políticamente. A lo mejor sabe algo de la desaparición de un helicóptero con tres militares españoles.

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