Hiroshima mon horreur

Aahora que Michael Landon, indiscutible baluarte de la televisión cristiana va a cumplir los ochenta, el mexicano Alejandro Monteverde se postula como líder del cristianismo mesiánico en Hollywood. Gracias al éxito de su ópera prima “Bella” (2006), para su segundo largometraje ha podido contar con un presupuesto de 25 millones de dólares y un reparto anglosajón de campanillas. “Little Boy” se promociona como una ingenua comedia fantástica protagonizada por un niño con problemas de crecimiento, que gracias a su bondad logrará materializar sus sueños para acabar con la maldad y ver reunida a su querida familia.
Así contado suena a cuento de miel, pero tras tan beatífica sinopsis se esconde el mensaje más fascistoide que pudiera darse en un producto destinado al público infantil. El monstruito interpretado por el pequeño actor Jakob Salvati es un niño milagro, capaz de hacer que literalmente la fe mueva montañas. Descubre sus infinitos poderes durante un show de magia, y es el párroco local (Tom Wilkinson) quien le anima a perseverar en su prodigioso camino. Cuando su padre (Michael Rapaport) es enviado al frente durante la II Guerra Mundial, será capaz de utilizar su don con tal de hacerle regresar sano y salvo.
Al enterarse de que su progenitor ha sido capturado por los japoneses, ha de actuar en consecuencia siguiendo las indicaciones de su consejero espiritual, para lo que se hace amigo del único inmigrante nipón que hay en su pueblo, al que por supuesto el resto de vecinos odian como representante del imperio enemigo. Haciendo el bien cercano podrá conseguir así un mayor bien lejano. El horror de esta parábola reside en la por demás maniquea justificación del bombardeo de Hiroshima, presentado como una intervención divina para que el ángel en la tierra de “Little Boy” logre su objetivo de amor filial mediante el final de la contienda.

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