FALSO PATRIOTISMO DE PAGO: MILLONES DE DÓLARES DEL PENTÁGONO A LOS EQUIPOS
La pompa patriotera que rodea al deporte profesional en EEUU, la exaltación de lo militar y los homenajes a los veteranos de guerra, más que a una expresión de orgullo y aprecio nacional, responde a la lógica del negocio según un informe de los senadores John Mc Cain y Jeff Flake.

Ya sea en el fútbol americano, en el hockey sobre hielo, en el baloncesto o en las carreras de coches, la presencia de lo militar siempre ha sido muy destacada en EEUU. Actividades para fomentar el reclutamiento, guardias de honor en las canchas, ceremonias de homenaje a los «héroes de guerra» locales, minutos de silencio por los caídos, saques de honor, coreografías entre cheerleaders y soldados con banderas al aire e himnos a pleno pulmón y con toda pompa forman parte del espectáculo, de un guión al que se le supone ser fiel reflejo de un patriotismo muy exaltado: el de un país que se cree a sí mismo poseedor de una superioridad moral particular, que se ve como ejemplo para el mundo y como inspiración para millones de personas que nunca antes habían visto semejante tierra de oportunidades.
La militarización del deporte en EEUU es un fenómeno que trasciende el lenguaje. Es cierto que a la estrella del fútbol americano Ray Lewis se le llama «el gladiador», al jugador de la NBA Kevin Garnett «el guerrero» y al histórico entrenador de baloncesto Bob Knight «el general». Sí, los deportistas son descritos como soldados, los alias que toman, la jerga que utilizan, la analogía entre un partido y la guerra se hace siempre muy presentes. Pero resulta que todas esas manifestaciones patrioteras, esa apología de lo militar, no son del todo espontáneas, no nacen del corazón y la iniciativa desinteresada.
Al contrario, en muchos casos son fruto de los contratos de marketing entre el Pentágono y las grandes franquicias deportivas. Es un despilfarro de miles de millones de dinero público desviado a clubes privados ya de por sí multimillonarios. En otras palabras, se trataría más bien de un «patriotismo de pago», de una farsa que deja al sentido de la patria y de la decencia en ridículo.
Hace días se hacía público un informe redactado conjuntamente por los senadores de Arizona John McCain y Jeff Flake en el que se detallaban al menos 150 pagos a equipos profesionales para promocionar, en sus diferentes expresiones, ese patriotismo de pago. En dicho informe se acusaba al Pentágono de malgastar millones de dólares de los contribuyentes para pagar exhibiciones patriotas en eventos deportivos. Los contratos entre el Pentágono y las franquicias deportivas tendrían como objetivo, según la versión oficial ahora desenmascarada, aumentar el número de reclutas para el Ejército y homenajear a soldados. Los números, sin embargo, no demuestran que esta práctica haya sido decisiva para un mayor reclutamiento y, al contrario, en el informe de Mc Cain y Flake en el que se califica esta práctica como un «inapropiado patriotismo» se indica que los números sí han demostrado una «maximización de los beneficios» para los clubes privados. No obstante, dar dinero de todos a sociedades anónimas deportivas no es algo exclusivo de EEUU. En Europa y en Euskal Herria tenemos demasiados, y muy desgraciados, ejemplos.
Indignación de los veteranos de guerra
Ni exponentes genuinos del orgullo nacional ni honrados homenajes, al contrario, en realidad son contratos de marketing y publicidad que firman los militares y que gustosamente aceptan las franquicias porque les generan beneficios adicionales derivados del despilfarro del dinero público. En EEUU, 50 equipos de cinco ligas profesionales tendrían contratos con el Pentágono. 18 de la National Football League (NFL, de fútbol americano), diez de la Major League de Beisbol (MLB), ocho de la NBA (baloncesto), otros ocho de la Major League Soccer (MLS, de fútbol) y seis de la National Hockey League (NHL). Además el Ejército del Aire de EEUU habría pagado más de millón y medio de dólares en cada edición de la Nascar (National Association for Stock Car Auto Racing), las famosas carreras de coches de serie que se desarrollan en el circuito oval. Esta práctica habría llegado también hasta el deporte universitario. Las universidades de Indiana y Perdue habrían recibido 400.000 dólares de la Guardia Nacional a cambio de entradas VIP y acceso a los vestuarios y a autógrafos.
Ante el escándalo de despilfarrar dinero público en contratos de marketing que benefician a equipos privados, máxime en esta época de recortes presupuestarios del gasto militar, el comisionado de la NFL, Roger Goodell, ha informado que las franquicias de fútbol americano «devolverán todo el dinero pagado inapropiadamente por el Pentágono» y «auditará a todos los equipos».
Especialmente indignados se han mostrado las asociaciones de los veteranos de guerra, sujetas también a duros recortes. Geoff Millard, miembro de la asociación Veteranos de Iraq Contra la Guerra, ha declarado que «amamos el deporte pero odiamos la forma en que se está utilizando y la forma en la que los soldados son utilizados para vender la guerra y para que los accionistas de las franquicias obtengan beneficios».
Esta práctica de negocio es algo que deshonra a los veteranos. Lanzan sobre ellos un mensaje envenenado: merecen el apoyo en los partidos profesionales siempre y cuando esto traiga consigo un beneficio financiero. Es decir, explotan su servicio y su presencia para sacar dinero. Son invitados a los partidos con el pretexto de que se les mostrará el aprecio de la comunidad pero, en realidad, son utilizados sin su conocimiento y consentimiento, como reclamo publicitario. Les dan con una mano la palmadita de aprobación en la espalda y con la otra aceptan pagos por privilegiarlos. En definitiva, el patriotismo de pago es una autentica farsa.

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