Ciencia
A muchos de los que acampan en nuestros salones, de estar a través de nuestra pantalla totémica, pertenecen a esa clase de individuos que adquieren los conocimientos por lo que llamamos de manera incierta ciencia infusa. Que en puridad quiere decir conocimientos recibidos directamente de un dios, pero que nosotros entendemos como los que sin estudiar nada, ni esfuerzo alguno saben de todo o discuten sobre cualquier asunto. Es decir, aplicado a políticos en celo y tertulianos del pesebre, es un estado de inteligencia supletoria cronificada. Actualmente nos llega esa idea por los dispositivos conectados a las redes.
Pero siempre es bueno tener conocimiento de la ciencia o las ciencias. Las sociales forman parte de nuestra propia existencia, somos consumidores, clientes, votantes, sujetos sociales a nuestro pesar, hasta en las renuncias o las abulias. De las otras deberíamos interesarnos un poco más. A muchos nos interesan los asuntos que suceden dentro de nuestro cráneo, ahí por donde deben estar la memoria, los sentimientos, las neuronas, las conexiones entre el yo y la realidad y tantas y tantas fuentes de energía y de felicidad. Más allá de Freud y de Lacan, la neurociencia, para matizar. Cuando vemos que dudan en La 2 de renovar a un programa como “Órbita Laika” nos sentimos palidecer el ánimo. Una cosa es la ciencia y otra la divulgación de la ciencia, pero siempre será mejor un programa divulgativo asequible, que lo entienda mucha gente que nada. Lo de Punset fue una etapa que amplió perspectivas, pese a que hoy entendamos hubo excesivo protagonismo del presentador. Más ciencia en la programación es una magnífica opción. En mi plataforma hay varios canales dedicados a ella y son lugares de reconstrucción mental, un alivio contra la estulticia general.

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