Carlos GIL
Analista cultural

Pagar

Pagar, cobrar. ¿Cómo, cuánto, cuándo, dónde? Los artistas pagan la ropa, el pan y los alcaloides al mismo precio que el resto de la ciudadanía. ¿Por qué se les puede pedir siempre rebajas en sus emolumentos o que hagan su labor de manera gratuita? No solamente en estado de solidaridad, sino en estado habitual. Es una mala costumbre, un vicio enquistado en muchas cabecitas propiciado por demagogias baratas en tiempos de descubrimiento de la democracia cultural. Incluso el precio de las entradas a obras de teatro, conciertos, museos y otras manifestaciones se fundamenta en un paternalismo inoperante que lo que hace es devaluar el propio bien cultural ofrecido.

Mantengo en estas fechas navideñas que sea gratis antes el pollo, los tomates y el aceite que los payasos de la tele. Que se revalorice la cultura por la parte alta, que no se prive a nadie de disfrutar de los bienes culturales primordiales, pero que no se intente convertir a los creadores culturales en unos locos animosos que deben vivir de la caridad. Deben vivir de su trabajo, con dignidad y eso es una toma de postura política que debe renovarse cada día. Políticas de precios, de incentivos y patrocinios, pero marcando con claridad el terreno. Defiendo el amateurismo, es bello, fundamental, pero se tiene que colocar en su espacio adecuado. No convertirse en una coartada, en una excusa que debilite lo profesional. Repasemos todo de nuevo. Hay que pagar el precio justo.