«Pero huye entre tanto…»
Pero huye entre tanto... huye irreparablemente el tiempo», dejaba escrito el poeta, y nada podemos hacer para guarecernos de eso que nos persigue. Vivimos, jugamos, pensamos y seguimos hacia delante.
En días como estos, plagados de momentos de euforia alcohólica, consumista y familiar, parecemos añorar a aquellos que nos sobran o faltan durante el año, parece que nos resulte aún menos tolerable la compañía obligada y, curiosamente, los espacios liberados son aquellos relegados a los que, como el Grinch, no amamos la Navidad. Qué buena es la renuncia, amigas, qué bien sabe a veces, esa que surge del “no” espontáneo, de la resistencia y el carácter “desaborío”.
Qué bonito es el «no, no, no» y después la sonrisa de cariño que lo reafirma y se convierte en oasis.
Los oasis existen, cuesta encontrarlos y tienen fecha de caducidad, pero existen. Bien mirados, resultan ser el fruto de largas búsquedas, tropiezos y aventuras pero, cuando los encontramos, quisiéramos quedarnos en ellos para siempre.
En días como éstos o en días como aquéllos, sigo pensando en los oasis por llegar, en los oasis por compartir y en las pequeñas batallas diarias en las que, codo con codo y sonrisa puesta, me alío con ese tiempo que huye irrefrenablemente y al que, como no podré vencer, convierto en mi cómplice.
Tempus fugit, seamos rápidas y alegres.

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