Fantasmas japoneses para turistas
Lo único que importa de “El bosque de los suicidios” es que ha costado apenas diez millones de dólares y ya lleva recaudado casi el triple. Al margen del puro negocio, se puede decir que la película no es más que un simple trámite, incidiendo en la penuria creativa por la que atraviesa el cine de terror, un género anclado en la comercialidad más pedrestre. El debutante Jason Zada copia a diestro y siniestro, pero para mal. Toma prestado de la tradición japonesa del “kaidan”, que son las películas de fantasmas, así como de la corriente del cine antropológico nipón representada por “La balada de Narayama” (1958 y 1983).
Siempre desde una perspectiva occidental, cercana a la hola de terror turístico que impulsaron títulos sobre estudiantes viajeros como “Hostel” (2005).
Por si no bastara con el morbo que despierta la visita al bosque de Aokigahara, a los pies del monte Fuji, y que es famoso por ser un lugar escogido para quitarse la vida, la trama argumental toca también el tema de gemelos interconectados entre si. Y así una joven estadounidense viaja a Japón para buscar a su hermana gemela, una profesora de inglés que ha desaparecido en tan misteriosa localización.

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