Las aventuras de Kate Winslet, la reina del desierto

El regreso de la cineasta australiana Jocelyn Moorhouse, acompañada de su pareja sentimental y colaborador P.J. Hogan es una estupenda noticia, porque además vuelven a ese cine de las Antípodas tan extravagante y hecho de fuertes contrastes, con un árido paisaje que lo mismo puede prestarse a un western que a una aventura romántica, a un melodrama épico que a una comedia absurda, a un tenso thriller criminal que a un cartoon animado. Y de todo ello hay en “La modista”, que conecta con “Las aventuras de Priscilla, la reina del desierto” (1993), a través de la presencia del actor Hugo Weaving, quien repite su look travestido, esta vez como policía local que entiende a la glamurosa protagonista dentro de una marginalidad y un deseo compartidos por salir a la luz sin complejos.
Con ese afán llega a Dungatar, un polvoriento poblado pionero perdido en el interior de Australia, pisando fuerte y con zapatos de tacón alto, una Kate Winslet que es como aquellos justicieros del Viejo Oeste que vestían impecablemente y se enfrentaban a los inmundos y desaliñados lugareños. Pero no es la misteriosa forastera de turno, sino una hija pródiga que retorna a sus orígenes convertida en una deslumbrante mujer.
La tan televisiva fórmula del cambio de imagen se presta en la pantalla grande a un canto a la fuerza humana para evolucionar en medio de la nada, algo que únicamente se puede conseguir por medio de la creatividad. La heroína de “La modista” se equipara con su máquina de coser Singer al clásico escritor que teclea su vieja Underwood, y según va diseñando vestidos influye sobre un entorno hostil, del mismo modo que los vaqueros doman el ganado. El pase de modelos vintage de los años 50 no tiene desperdicio, y junto a los homenajes a Dior no falta el estilo de la auténtica femme fatale a lo Rita Hayworth, con su abofeteador “palabra de honor” negro. El glamour es el espejismo visual del desierto austral.

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