La Guerra Fría alcanza a los hijos de la élite rusa
La defensa de lo patrio contra la influencia del exterior es una de las corrientes imperantes en Rusia. Los más poderosos han visto a sus vástagos señalados en la diana del interés social. Este proceso está llamado a concluir la transición de lo soviético a lo ruso.

Entre los jóvenes extranjeros extravagantes y llamativos que encontramos estudiando en las mejores universidades occidentales destacan los descendientes de monarquías del Golfo Pérsico, los hijos famosos de algunas de las grandes fortunas mundiales y los descendientes de las élites políticas y financieras de los países surgidos de la implosión de la URSS. Parece que para los rusos es cuestión de tiempo. Rusia está considerando seriamente la problemática de la nacionalización de las élites.
De ordenarse esta medida, que por ahora es una recomendación no oficial destinada los funcionarios, supondría la pronta vuelta de todos esos jóvenes a Rusia. Se les acabarían los estudios en el extranjero, los coches de lujo por las calles de Londres, los yates atracados en la costa de Niza o Mónaco, las temporadas de esquí en Suiza... Ello es en parte consecuencia de la creciente tensión entre Moscú y sus en otros tiempos amigos occidentales. La situación interna exige asimismo a sus dirigentes y élites que se aprieten el cinturón como el ciudadano de a pie.
Clases de patriotismo
El ciudadano ruso ve cada vez con peores ojos que la misma gente que le explica que ahora vive peor por culpa de la coyuntura internacional y los enemigos extranjeros siga con el mismo ritmo de vida que antes de la crisis. Sin embargo, si el dinero ajeno es difícil de contar, otros aspectos como las relaciones directas con los extranjeros si son más fáciles de ver. Así, cuando un cargo estatal ruso promueve reformas para frenar las adopciones de huérfanos rusos por los extranjeros, no queda bien que paralelamente alguno de sus hijos resida en el Estado francés, como era el caso de Pavel Astajov, el anterior protector del menor en Rusia, quien recientemente ha perdido su cargo.
Tampoco es lógico que en Rusia se limite el trabajo a toda organización que reciba financiación extranjera aduciendo que es una influencia exterior en asuntos internos del país, mientras que incluso los hijos de miembros del Gobierno vivan y estudien en el exterior, donde son objeto continuo de esa influencia. Así, Elizabeta Peskova, hija del secretario de prensa y uno de los colaboradores más cercanos de Putin, tuvo que salir a defenderse por estudiar en el Estado francés. Según ella eso no va en contra del patriotismo y puede ayudar en el futuro a mejorar las relaciones internacionales, y ni mucho menos significa que no vaya a volver nunca a Rusia. Añade además que es libre para elegir su futuro.
Esa libertad es precisamente la que muchas veces es el origen del problema. El comportamiento libre de esa nueva élite es poco respetuoso con la población normal y en algunos casos con las leyes y la propia Rusia. A eso se añade que todos estos jóvenes no han conseguido nada por si mismos, sino por sus progenitores, que han hecho sus fortunas siendo funcionarios o empresarios durante el derrumbe de la URSS y el renacimiento de Rusia. La sensación de injusticia entre la población aumenta, y disminuye la tolerancia hacia todo lujo y excentricidad de las clases ricas.
Lujo y patriotismo
Un ejemplo de esa escasa tolerancia la ha vivido Musa Bazhaeva, una estudiante de la universidad que forma a los futuros diplomáticos, la MGIMO. La estudiante escribió en las redes sociales que cualquier sitio es mejor para vivir que Rusia, a la que se refirió en terminos despectivos. Los internautas no tardaron en montar un escándalo que rápidamente pasó de la digital a la vida real. El rector mismo de la universidad declaró que revisarían el caso de esa estudiante, la cual a los pocos días se disculpó públicamente y reafirmó todo su compromiso con la patria. En una universidad que forma a las élites del país desde los tiempos soviéticos, donde el parking para estudiantes tiene mejores coches que el de muchos equipos de fútbol, esto hubiera sido impensable hace unos años. Ahora las élites deben llevar el patriotismo en su día a día con muy poco margen de error.
Incluso cuando el dinero se ha ganado por méritos propios, la mezcla de lujo y patriotismo no funciona. Tras una horrenda Eurocopa de fútbol en la que la selección rusa terminó última de grupo, dos jugadores rusos, Aleksander Kokorin y Pavel Mamaev, se permitieron el lujo de gastar 250.000 euros en una fiesta en Montecarlo. Pidieron para sí mismos y otros presentes 500 botellas a 500€ cada una. Al sacar las botellas sonaba el himno ruso. Ambos fueron multados por sus clubes, apartados de los terrenos de juego varios meses, y solo en el mes de noviembre han vuelto a ser convocados con la selección de su país.
Rusia se ha tomado en serio su pulso con Occidente, que tampoco está por tenderle la mano. Los continuos entrenamientos de los militares rusos cada vez más a menudo van acompañados de otras tendencias menos llamativas, pero igualmente destinadas a reforzar el Estado ruso contra la influencia extranjera. La nacionalización de las élites es un proceso más en el blindaje al que se somete Moscú. Ya hace años surgió la duda de si un ministro ruso ordenaría un ataque contra alguna metropolis occidental si sabe que allí hay familiares suyos. Parece que poco a poco se quiere evitar incluso esa duda hipotética.

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