Austen
En las monedas de dos libras y en los billetes de diez figurará pronto la imagen de Jane Austen para conmemorar el bicentenario de su fallecimiento. La escritora británica murió en 1817. Al año siguiente nació Emily Bronte –la autora de “Cumbres borrascosas”– y fue publicada “Frankenstein”, de Mary Shelley; Lord Byron, Walter Scott o Keats se hallaban en plena actividad. Es pues una escritora realista en pleno romanticismo. Ya advirtió Virginia Woolf que Austen era uno de los grandes escritores más difíciles de apreciar. De hecho sigue vigente esa imagen de novelista sentimental un tanto ñoña cuyas novelas acaban en boda. Pero basta leer cualquiera de sus seis novelas –dos de ellas póstumas– para admirar su precisión analítica al abordar la interioridad de sus personajes –mayormente femeninos–; esa ironía suya tan amable como feroz al narrar desde dentro familias y relaciones; su preocupación permanente por la transmisión patriarcal de la propiedad y por la siempre dependiente economía de las mujeres; o su chispeante crítica del sentimentalismo y de las efusiones románticas. Pero es que además, de su escritura se desprende casi siempre la vibrante alegría que le produce la vida. Austen mira, y encuentra el mundo bastante absurdo sí, pero ante todo divertido y gozoso. Su actitud es de aceptación, de felicidad ante el espectáculo cotidiano. El placer de vivir. Y de narrar. Y tal vez “Sandyton”, la novela que inició sabiendo que se moría, y que dejó inacabada, sea la más vitalista de todas. Austen es una excepción en la nómina de la literatura moderna, en la que prevalece de forma aplastante no la aceptación, sino la herida, la confrontación, la rebelión, que tal vez con demasiada frecuencia ofusca el don de la mirada.

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