Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «Boonie Bears y el gran secreto»

En China todavía abundan los animales circenses

No faltarán padres a los que “Boonie Bears y el gran secreto” (2016) les parezca una película políticamente incorrecta, o cuando menos inapropiada para menores. Esto sucede a los ojos occidentales, porque en China todavía está culturalmente aceptada la existencia de animales circenses, algo que en nuestras ciudades acarrea prohibiciones y a muchos circos ambulantes, que no han sabido reciclarse de acuerdo con la era moderna de Le cirque du soleil, les está costando su ruina y desaparición. Por eso la visión de esta película animada procedente del gigante asiático me ha producido cierto efecto nostálgico, recordando los tiempos de una lejana niñez en los que era frecuente ver a los osos enjaulados y, luego ya en la pista, ataviados con ridículas falditas y otras ropas carnavalescas, no muy alejadas de la tradicional estampa zingara del baile a dos patas que acompañaba a la música del acordeón.

Lo más paradójico es que en esta tercera entrega de la, en China, taquillera franquicia animada “Boonie Bears”, el circo se identifica con la idea de urbe o progreso frente al medio rural y la naturaleza salvaje de la que procede el oso Briar. Por primera vez, a diferencia de en las dos entregas previas “Boonie Bears to the Rescue” (2014) y “Boonie Bears: Mystical Winter” (2015), el atribulado protagonista aparece separado de su hermano Bramble, quien abandona el bosque para ir en su búsqueda, descubriendo que Briar se siente atraído por la fama que ahora le dispensan sus habilidades circenses, viviendo en una nube de aparente felicidad.

De esta forma los hermanos osos se ven alejados de sus anteriores preocupaciones medioambientales, que les llevaron incluso a luchar contra la tala de árboles, para hallarse inmersos en la vorágine del progreso, expresada mediante constantes persecuciones y escenas de acción espectacular en un tren o ya en medio de la gran ciudad.