La celebración política que se revela como una encerrona

Desde que “The Party” se presentó en la Berlinale no ha sido la película acumuladora de premios que podía esperarse a juzgar por su impacto crítico. Pero suele suceder que cuando los jurados de los festivales se enfrentan a un reparto estelar sin fisuras no saben a qué carta quedarse, porque si premian a alguno de sus componentes parece que cometen un agravio comparativo con el resto. Y así las cosas solamente los BIFA del cine independiente británico se han atrevido a otorgar el premio de Mejor Actriz Secundaria a Patricia Clarkson. Eso no quita para que “The Party” haya gustado más que otras obras más prestigiosas e intelecutales dentro de la carrera de Sally Potter, y estoy pensando en “Orlando” (1992). Todo lo que aquella película tenía de complejidad en su puesta en escena histórica a través del tiempo, se concreta en la opuesta sencillez teatralizadora de “The Party”, una pieza de cámara o comedia de salón con siete únicos personajes, más un octavo ausente pero constantemente aludido.
El efecto claustrofóbico a lo “huis clos”, digno del Buñuel más surrealista, se refuerza con el uso de la fotografía en blano y negro, que a su vez remite estéticamente a la época del “free cinema” británico, por su especial virulencia en su ataque frontal al sistema. No en vano la celebración del título la organiza una figura ministerial recién ascendida dentro del gobierno de su Real Majestad, cuyas miserias ocultas saldrán a relucir a tiempo real dentro de la vitriólica velada.

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