«La adolescencia es una etapa que genera un gran desgarro interior»
Nacido en 1978 en Foggia, se graduó en Comunicación con una tesis sobre el montaje cinematográfico y sus paralelismos con la literatura. Tras trabajar como redactor y editor, ha debutado como novelista con «El verano muere joven», uno de los mayores éxitos editoriales el año pasado en Italia, hasta el punto de convertirle, según muchos medios, en una de las promesas más sólidas de la literatura transalpina.

En “El verano muere joven” Mirko Sabatino evoca la adolescencia como una suerte de territorio universal. Sin embargo, el hecho de ambientar la acción de su novela en 1963, cuando comenzaban a apagarse los rescoldos de los años de il boom (también conocido como “el milagro italiano”), confiere a su narración un carácter alegórico sobre un país que alcanzó su madurez de manera traumática. En el fondo, en la obra de Sabatino subyacen todas las tensiones que contribuyeron a configurar la identidad nacional italiana, reflejada en un proyecto político cuyas derivas continúan dejándose sentir en nuestros días.
Se dice que las primeras obras tienen una inspiración autobiográfica ¿Esta afirmación valdría para definir su novela?
Por suerte yo no he vivido experiencias similares a las de los protagonistas de “El verano muere joven”, con lo cual no puedo decir que esté narrando mi vida. Sin embargo, sí que hay ciertos olores, colores y luces de mi juventud que he evocado a la hora de conferir singularidad al personaje de Primo, tanto en él como en otros personajes hay algo de mi manera de sentir y de ver el mundo. Pero eso es algo consustancial a cualquier novela; aunque sea de un modo implícito y sublimado, en toda narración hay una parte muy importante de la propia experiencia personal de quien la escribe. Pasa lo mismo que con los sueños que, fundamentalmente, se alimentan de nuestros recuerdos y de nuestros deseos. Los escritores lo que hacemos es soñar despiertos.
En este sentido, imagino que a la hora de escribir esta obra se vio obligado a confrontarse con sus propios recuerdos de adolescencia ¿Qué aspectos de aquella etapa de su vida siguen presentes en usted?
Creo que conservo la misma capacidad de asombro ante aquello que me rodea, la misma disposición a dejarme sorprender. Obviamente, en los últimos veinte años he aprendido a mirar las cosas con algo más de perspectiva hasta tener una visión más compleja y completa de la realidad, que es justo aquello de lo que un adolescente carece, pero, en el fondo, sigo conservando la misma curiosidad que cuando tenía quince años.
La razón de ser de esta novela es intentar desvelar el momento preciso en el cual dejamos atrás la infancia y nos convertimos en adultos. En su caso ¿recuerda cuando se produjo esto?
Hubo un momento muy concreto que marcó mi devenir vital: la muerte de mi abuela materna, una de las tres mujeres a las que he dedicado el libro, marcó un punto de inflexión en ese sentido. A partir de ese momento mi infancia, como territorio, dejó de ser un largo presente para convertirse en un recuerdo.
¿Por qué cree que la adolescencia, tanto en el cine como en la literatura, en lugar de ser retratada como un período luminoso suele terminar por alumbrar casi siempre relatos sobre el dolor?
Porque en el fondo son unos años que generan un gran desgarro interior en las personas. La adolescencia es una etapa de transición en la que te ves empujado por dos corrientes que fluyen en direcciones opuestas. De un lado la primera infancia, que apenas has dejado atrás, pero que con su plácido discurrir te incita a volver a ella una y otra vez. Al mismo tiempo está la edad adulta que te reclama seguir adelante, abrirte a un mundo lleno de alicientes donde empiezas a sentirte libre pero también responsable de tus actos, lo cual genera temores, incertidumbres. El adolescente es como un actor obligado a interpretar un personaje cuya naturaleza aún no conoce a fondo.
Lo curioso es que habiendo nacido en 1978 evoque sus años de adolescencia trasladando la acción de la novela a 1963 ¿por qué adoptó esta decisión?
En primer lugar, por una razón muy personal y, en cierto modo, banal: soy un apasionado de la cultura, la música, la moda y la atmósfera que se respiraba durante los primeros años 60. En lo más íntimo de mi ser me habría gustado vivir aquellos años, pero como me fue imposible y la máquina del tiempo aún no se ha inventado, decidí servirme de esta novela para viajar a aquel período. Luego, narrativamente, me interesaba mucho ambientar la historia de estos tres chicos en 1963, un año que, según muchos historiadores, marca el final del boom económico en Italia. Habiendo dado por finalizado el llamado “milagro italiano”, nuestro país hubo de enfrentarse a un proceso de fuertes transformaciones sociales. Me parecía muy interesante trazar un paralelismo entre el fin de la inocencia que se dio en Italia y la peripecia vital de los tres jóvenes protagonistas del libro.
De hecho, muchos de los escenarios que frecuenta en esta novela parecen evocar una suerte de «Italia eterna» cuyas esencias se mantienen más allá de las épocas…
Por suerte o por desgracia, la Italia de hoy guarda muchos paralelismos con el país que éramos en los años 60. Basta con abrir el periódico por cualquiera de sus secciones para comprobar que tampoco hemos cambiado tanto.
En este sentido, es fascinante la minuciosidad con la que reconstruye esa Italia de provincias que, de un tiempo a esta parte, parece que ha vuelto a recuperar protagonismo en la narrativa de su país. ¿A qué lo atribuye?
Las novelas suelen ser un espejo donde se reflejan los grandes cambios y las tendencias sociales. La Italia de provincias está comenzando a ser reivindicada fundamentalmente porque las grandes ciudades, que durante años fueron percibidas como una suerte de Tierra Prometida, se están revelando escenarios cada vez más problemáticos. Eso crea desafección en una población que se siente engañada ante las falsas expectativas que le ofrecieron para el desarrollo de un proyecto de vida urbano que, en muchos casos, ha terminado por resultar insostenible. Ese desencanto es el que está procurando que se vuelva a hablar de la Italia provincial y la literatura no es ajena a esos debates.
Antes ha comentado su pasión por la música de los años 60. «El verano muere joven», en este sentido, es una obra plagada de referencias que van de Domenico Modugno a Adriano Celentano. ¿Qué papel juega la música para usted en el proceso de creación literaria?
La música no es solo una gran pasión, sino que, en mi caso, tiene una gran importancia de cara a encontrar un punto de inspiración a la hora de escribir. Sobre todo, la música que se hacía en los años 50 y 60. Hablo de gente como Frank Sinatra, Dean Martin, Elvis Presley, Nat King Cole o Modugno. En este sentido, quería que mi novela llevase incorporada su propia banda sonora, de tal modo que el lector pudiera sumergirse en sus páginas como si realmente estuviera viviendo aquellos años o como si estuviese viendo una película ambientada en aquella época. Además, la música también me inspira el ritmo interno del relato, la melodía de determinadas frases y párrafos.
La gran repercusión que ha logrado con esta, su primera novela, ¿no le provoca algo de vértigo?
La verdad es que el éxito de esta obra me hace cargar con toda una serie de responsabilidades como autor que me generan un poco de ansiedad, esa es la verdad. El hecho de que “El verano muere joven” haya gustado a tantas personas pone esta novela directamente en competencia con todas aquellas que escriba de ahora en adelante, especialmente con la siguiente que publique. Pero, en el fondo, pienso que los libros son como los hijos, cada uno llega cuando llega y como llega, con sus méritos y sus defectos, pero si eres un buen padre debes amarlos a todos por igual. No del mismo modo porque yo particularmente nunca he creído a esos padres que dicen querer a sus hijos de la misma manera, sino de distinta forma. En este sentido, yo intentaré escribir siempre desde el amor y la sinceridad y si logro que mis siguientes obras estén inspiradas por estos dos sentimientos, entonces no tendré nada por lo que preocuparme.

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