Ion SALGADO
GASTEIZ
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Kalejiras a una plaza en la que, por suerte, ya no matan toros

En mayo de 2012, el presidente del PP de la CAV, Alfonso Alonso, acusó a la izquierda abertzale de querer acabar con las corridas de toros, que, según indicó, «son una invención vasca, todo el mundo lo sabe». No se si todo el mundo mundial sabe que la tauromaquia tiene label vasco, ni si el político derechista decía la verdad. Lo que sí sé, al igual que muchos gasteiztarras, es que el exalcalde de la capital alavesa se empeñó en levantar una costosa plaza de toros en la que, por suerte, ya no se matan a astados.

Este es el tercer año sin toros en las fiestas de La Blanca, y no es precisamente por que se haya aprobado su prohibición. El Ayuntamiento de Gasteiz, en manos de PNV y PSE, no ha vetado las corridas por conciencia animalista. Lo único que ha hecho es publicar un pliego de condiciones que deja en manos de la adjudicataria el coste de la arena del coso o la contratación de la banda. Unas «condiciones inasumibles» para unas empresas taurinas que no están dispuestas a saltar al ruedo sin el apoyo económico de las instituciones públicas.

Y no lo están porque saben que los toros en Gasteiz no son rentables. El número de espectadores cayó en picado durante las últimos años, y eran pocos los blusas y las neskas que entraban a la plaza. Todos salían puntuales desde la calle Dato y hacían la ida a la plaza toros, pero la inmensa mayoría se quedaba en bares cercanos al Iradier Arena, tomando unos tragos y bailando al ritmo de las txarangas a la espera de la kalejira de vuelta.

Atrás han quedado las protestas de los colectivos animalistas, que, como se ve en la imagen, se movilizaban el día 5 de agosto para reclamar una ciudad sin toros. Sus protestas suscitaban el enfado de los taurinos, que hoy en día denuncian que se vulnera su «libertad» a ver cómo un individuo vestido con mayas y bordados dorados mata a un animal después de haberle clavado unas cuantas banderillas y haberle cansado durante un buen rato, dilatando la espera de su ejecución para regocijo de los congregados. Todo un «arte» según ellos.

Por suerte, algunas cosas cambian para mejor, y aquellos que durante años se han concentrado frente a la plaza y aguantado los insultos de los taurinos pueden pasar la tarde del día 5 tomando una cerveza a la sombra. Pero que nadie cante victoria, que la historia demuestra que los cambios se pueden revertir.

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