Koldo LANDALUZE
CRÍTICA «El hotel a orillas del río»

Confidencias en mitad de la nada

Ampararse en el tópico de la sensibilidad a la hora de hablar sobre Hong Sangsoo es limitar sobremanera el discurso de un cineasta que ha transformado su cámara en un sutil bisturí de emociones y que ha abanderado una metodología de trabajo que se ciñe a escribir los argumentos en el propio lugar donde se lleva a cabo el rodaje y horas antes de que la cámara comience a funcionar. Mediante esta fórmula tan singular como arriesgada, el autor surcoreano se revela como un creador muy seguro de sí mismo y capaz de hacer equilibrios sin red y que basa buena parte de su intencionalidad como creador en exprimir al máximo las posibilidades de un reparto que entiende a la perfección las maniobras de quien se coloca detrás de la cámara. A todo ello habría que sumar el detalle con el que filma los escenarios por los que transita la acción. Siguiendo la estela de “En la playa sola de noche” (2017), topamos con una de sus constantes habituales, las heridas legadas por una relación truncada. profundamente inspirado por los entornos en los que filma, Sangsoo ha encontrado en un solitario hotel perdido en mitad de un paisaje nevado el espacio que requería el encuentro de un viejo poeta que siente que sus manecillas vitales corren demasiado deprisa y una mujer que sufre las consecuencias de la relación que mantuvo con un hombre casado. En mitad de la deriva íntima que ambos personajes comparten, asoma esa fiereza que se revela en personajes marcados por las pautas de una soledad que no siempre es bienvenida. Sutil e incisivo, el director reflexiona en torno a los resortes que dan sentido a la vida y elabora un canto a los amores rotos mediante un encadenado de secuencias que a ratos bordean lo ridículo. Es en estos instantes de aparente desconcierto en los que asoma la gran cualidad de un director que es capaz de coquetear con el drama sin perder la sonrisa.