Daniel GALVALIZI
Periodista
ELECCIONES AUTONÓMICAS EN GALIZA

Feijóo gana con la boina y el BNG resurge probando el birrete

El líder del PP gallego revalida una cuarta mayoría absoluta consecutiva dándole la espalda al giro a la derecha recentralizadora que propone Génova. En la acera de enfrente, Ana Pontón lleva al nacionalismo al mayor éxito con formas más modernas y un soberanismo heterodoxo. La ley electoral de Galiza, otro factor clave.

La campaña gallega parecía anestesiada por la pandemia. Mítines acotados y el eje de la preocupación en lo sanitario, eclipsando los asuntos autonómicos. Nadie en esta tierra de serranías de furioso verde y rías infinitas dudaba de que el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, ganaría con comodidad. Algunos osaban pensar que perdería la mayoría absoluta por la menor participación de los mayores de 60 años, sus fieles seguidores. Pero no: el heredero de Fraga enhebró su cuarta mayoría y será investido para otros cuatro años. Aunque la noche electoral deparó sorpresas.

La más notable fue el ascenso meteórico del Bloque Nacionalista Galego (BNG), la coalición fundada en 1982 que «casi desaparece» en 2016 –como comentó uno de sus principales dirigentes a GARA– y vio cómo Podemos captaba a su base tradicional. En cuatro años y con un liderazgo claro de la lucense Ana Pontón, ha pasado de 6 a 19 escaños y ha obtenido su mejor resultado histórico (24%), superando el récord de su líder más conocido, Xosé Manuel Beiras.

Además, ha logrado el primer sorpaso al PSOE en dos décadas. Si bien en Pontevedra y Ourense empataron en escaños, los nacionalistas ganaron en votos en las cuatro provincias, disparándose en A Coruña y Lugo.

Hasta Feijóo dijo en su discurso de triunfo que la candidata Pontón había sido «sólida» y felicitó al BNG por la «muy buena campaña», lo contrario de lo que comenta por lo bajo el mundillo político sobre el PSOE, con un candidato como Gonzalo Caballero que ha tenido mucha resistencia interna, poco carisma y hasta el encono de su tío, el barón socialista y alcalde de Vigo.

Pero el éxito bisagra del BNG se explica también, al menos en parte, por lo mismo que el del PP: el cambio, o la adaptación a los tiempos y circunstancias, les permitió ser los ganadores de la noche.

Desde la vuelta a la autonomía en 1981, del PPdeG se dice que surfea entre sus dos sectores: «el de la boina y el del birrete». La boina representa a los gallegos de identidad nacional incontestable, pero políticamente conservadores, en los que se apoyó Fraga. Los del birrete son la derecha más pragmática, apenas regionalista, que mira a Madrid. Feijóo surge de este segundo conglomerado (en 2009 ganó haciendo campaña contra la política lingüística expansiva del bipartito PSOE-BNG).

Pero los vientos que soplan desde la meseta castellana son otros: el PP estatal ha virado a un discurso más españolista y recentralizador. Feijóo supo entender que eso no cala en Galiza o, al menos, podía provocar una sangría de votos. Peor aún, la creación de una nueva Coalición Galega, ese partido nacionalista de centroderecha que en 1983 se fundó como espejo de la catalana Convergència y que Fraga acabó astutamente absorbiendo.

La habilidad de Feijóo de no diluirse en la estrategia de Pablo Casado e incluso redoblar su discurso regionalista –basta con ver su eslogan de campaña, el vacío «Galicia, Galicia, Galicia.»–, puede compararse con la misma inteligencia mostrada por la generación más joven del BNG, que tras el cisma de la salida de Beiras –nacionalista y socialista ortodoxo– buscó nuevas formas para resurgir y ampliar su electorado, amputado en comicios autonómicos, locales y generales por la marea morada.

Pontón representa ese viraje. Lo dijo en la entrevista con GARA: cada nación tiene sus tiempos. El BNG tiene claro su objetivo soberanista, pero por ahora aspira a un nuevo marco autonómico. Su reivindicación nacional dejó de ser secesionista y hace hincapié en los derechos sociales y en incrementar la capacidad de decisión de la Xunta. El giro ha tenido éxito.

La euforia del BNG choca con la amargura de Galicia en Común, una amalgama entre Anova, las Mareas y Podemos. Los morados pierden sus 14 escaños y pasan a ser la cuarta y lejana fuerza tras ser la segunda en 2006. No sólo su líder, Antón Gómez-Reino, sino el vicepresidente del Gobierno español, Pablo Iglesias, anticiparon ya que vienen tiempos de reflexión.

Pero lo de Podemos plantea algunas curiosidades. ¿Cómo se explica que habiendo conseguido el 4,4% en A Coruña y el 4,6% en Pontevedra, no obtenga ningún escaño, pero Vox con solo un 3,8% en Araba haya entrado al Parlamento de Gasteiz? La respuesta es la misma que se aplica para entender el éxito del PP: la ley electoral.

Según el Estatuto gallego, el suelo para obtener un escaño es del 5%, lo que deja sin representación a miles de votos. Y peor aún, las poco pobladas Lugo y Ourense están sobrerrepresentadas en escaños, lo que infla al PP, muy fuerte en el ámbito rural. Los números no engañan: con el 47,9% de los votos Feijóo logró el 55% de los escaños. El PSOE obtiene el 20% de los diputados con el 19,4%. El sistema tracciona a favor del ganador.

Cabe destacar que este mismo sistema –y la estrategia peculiar del PP gallego– hacen que en estas cuatro provincias de castros celtas y comarcas dispersas no cuajen ni Vox ni C’s. Ambos se quedaron fuera del Parlamento, una Cámara que anoche volvió al pasado con sólo tres formaciones. Lo único que ha vuelto hasta ahora de aquella vieja normalidad.