Harrotasun Frikiaren Eguna
Carlos Benetó Clérigues
No siempre es la enorme impunidad lo que mueve el abuso policial.
En ocasiones, la fachada de institución democrática y de servicio con respeto a las leyes, se cae y aflora que, esencialmente, la policía es una herramienta de represión y violencia, en su sentido y su función.
Pero, fuera de los cálculos y la táctica, el agotamiento policial, el espejo que personalmente les pone delante la dignidad, puede convertir el asco de sus reflejos en un disparo de esa misma rabia que anida en un cuerpo compuesto por ese tipo de frustraciones que, sumisas, necesitan pisar cabezas para olvidar o resarcir que, al final, son un eslabón miserable en las partes más bajas de una enorme cadena de mando jerarquizada como lo es la policía.
Y ahí, en ese sentir exacto, frente a una evidencia de dignidad, en el agotamiento por semanas de tensión de acampadas propalestinas en las universidades estadounidenses, en un movimiento sin precedentes desde la Guerra de Vietnam, es cuando el Oficial Sargento de la CUNY, Donald Girard, placa 281, dispara con su boca, y con error de cálculo por espontaneidad frente a la cámara: «I support genocide, I support killing all of you guys!» (¡Apoyo el genocidio, apoyo mataros a cada uno de vosotros!), desde esa glándula fascista que, sin contar a veces con órdenes expresas de superiores, segrega natural la peligrosa bilis que cubrió la ya oscura noche del 9 de septiembre de 2020 en Bogotá, derribó las puertas del Instituto Díaz de Génova durante el G8, manchó la barra de un bar de Altsasu con reguero hasta la Audiencia Nacional, y amenaza con desarrollarse más y más en la deriva autoritaria que un mundo «moderno y democrático» dispone ya como orden, en su avance hacia el caos.

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