Raimundo FITERO
DE REOJO

Los plazos y los aplazos

Los plazos se pueden reconocer ahora como un síntoma de cierto despegue económico en la segunda mitad del siglo veinte para muchas capas sociales en el franquismo. Comprar a plazos desde mantelería a vestidos de comunión, pasando por neveras o estufas forma parte de la memoria de varias generaciones que se bautizó de manera propagandística como desarrollo. Después el término se convirtió en letras. Y así sucesivamente hasta estos tiempos de un capitalismo bancarizado en el que los créditos a plazo fijo quitan el crédito y la esperanza.

Pero los plazos han aparecido de manera formal y exhaustiva en el descuento político y judicial. Para formar gobiernos autonómicos. Para aplicar la ley de amnistía. Para deshacer gobiernos estatales, para plantear nuevas elecciones. El tiempo pasa, los plazos se acortan. Miro hacia París y la cigüeña trae en su pico una bolsa negra llena de malos augurios. En la CAV hay pacto, PNV y PSE van a gobernar. Dicho en términos cantarines, repiten el estribillo. Lo que de alguna manera pone en marcha de nuevo el contador de tiempo de apoyo al gobierno de Sánchez.

En Catalunya, todos los cronómetros están en pleno funcionamiento, existe una suerte de metrónomo invisible que intenta marcar el ritmo, pero hay muchas manos oscuras adelantando y frenando a la vez ese tiempo, esos plazos: los jueces, ese problema democrático tan español, van a intentar boicotear la aplicación de la amnistía. De momento retrasarla. Y hay incertidumbre, no se sabe si se formará gobierno o se repetirán las elecciones. Lo que produce vértigo y colitis.