Magnolios y murria
Mira qué bonitos están los magnolios, da gusto verlos», le ha dicho un jubilado a otro justo cuando les adelantaba en medio de la Herriko Plaza con mi prisa habitual, y entonces he ralentizado el paso y he levantado los ojos para contemplar los espléndidos magnolios cuajados de abiertas y embriagadoras flores blancas; además la brigadilla municipal comenzaba a regar los parterres que poco a poco exhalaban un breve espejismo de frescor urbano en este aguerrido agosto.
«Muchas gracias, señor transeúnte anónimo», he exclamado, y se me han venido a la cabeza unos versos de Wislawa Szymborska: “En esta escuela del mundo / ni siendo malos alumnos / repetiremos un año”, que me sirven para hacerme el propósito de andar con los ojos bien abiertos a las sencillas maravillas cotidianas y con las orejas atentas a las voces de las calles.
Esta mañana he escuchado a una mujer madura sentada en un banco decirle a su amiga: «Estos días ando enmurriada»; lo he escuchado perfectamente, acababa de posar las bolsas de la compra en la otra cara del banco para tomar aliento.
Y me ha alegrado el día, y le he agradecido a esa mujer que siga utilizando palabras como esa, a pesar de lo tristona y melancólica que andaba.

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