Las cicatrices de la adicción

EEn la ópera prima del director catalán Aitor Echevarría tenemos a una familia atrapada en una cotidianidad enfermiza y con el tabú de la adicción como protagonista, ese «elefante» que nadie quiere ver.
Nos presenta a Marga (Emma Suárez), una arquitecta de éxito que vuelve a su casa después de haber estado dos meses internada en un centro de desintoxicación por haber tenido serios problemas con la adicción. Tras su llegada, Marga intentará rehacer su vida junto a su hija menor Blanca (Natalia de Molina).
La película encuentra su principal recurso en sus dos protagonistas: las excepcionales Natalia de Molina y Emma Suárez. Sus rostros se convierten en lienzos donde Echevarría dibuja la lucha interna de sus personajes. La cámara se desplaza de manera casi clínica, dejando que las emociones se filtren lentamente.
El trabajo de las dos actrices, junto a la sobria y elegante puesta en escena, ayudan muchísimo a que la película evite clichés, exageraciones y superficialidades, sobre todo al centrarse en el impacto de la adicción en los miembros de la familia, especialmente en la hija menor.
Sin embargo, el tono sobrio y austero, junto a su enfoque elíptico y su búsqueda de sutileza, según avanzan los minutos, terminan distanciando al espectador de la narrativa. Para que una propuesta de esta naturaleza funcione es fundamental un guion que conecte con el espectador, sumergiéndolo sin reservas en el corazón de la historia. Aquí el relato no logra trascender la superficie, dejando una sensación de frialdad y distancia que refleja también su enfoque narrativo.
Tampoco ayuda que la trama sea tan breve y limitada; los 82 minutos terminan siendo apenas una anécdota.

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