Activistas gitanas abogan por un giro antirracista de la autodefensa feminista
Una mesa redonda para exponer experiencias sobre autodefensa feminista sirvió ayer a representantes del colectivo de gitanas Amuge para demandar un giro antirracista, además de reclamar al resto de colectivos que asuman su realidad y valores culturales en la lucha contra el patriarcado. El «vapuleo» fue bien recibido por las interpeladas.

Una mesa redonda organizada en las II Jornadas Universitarias de Autodefensa Feminista que se desarrollaron ayer en la Universidad de Deusto fue el marco en que representantes de la Asociación Intercultural para la promoción y el empoderamiento de las mujeres gitanas de Euskadi (Amuge) abogaron por revisar el enfoque que el movimiento feminista tiene, abandonando una visión universal de esta herramienta e incidiendo en la importancia del giro antirracista.
Tamara Clavería y Mari Sol Duval dieron, tal y como reconoció la moderadora, un «vapuleo» al movimiento feminista. No es la primera vez en que las activistas de Amuge exponen una realidad diferente, en la que las gitanas se enfrentan a otras violencias que no abordan en sus análisis el resto de colectivos feministas.
Su movimiento, así lo dejó claro Clavería, es feminista, gitano y antirracista, y, para ellas, la autodefensa feminista es un término nuevo, ya que la realidad de su pueblo es diferente, con unos códigos enraizados en siglos de persecución. Se adentraron en ella a través de unos talleres impulsados por el Módulo Psicosocial de San Inazio, en Bilbo, y la conclusión que extrajeron es que era necesaria una dimensión antirracista.
Duval, que incidió en la valoración positiva de aquella experiencia, explicó que a ellas no les persiguen por la calle, que su ocio es diferente y que siempre van acompañadas de otras mujeres, sin obviar los códigos culturales centenarios del pueblo gitano respecto a las agresiones sexuales. «Somos las eternamente olvidadas», lamentó.
«La autodefensa feminista debe incorporar las violencias racistas que sufrimos en todos los espacios de nuestra vida», sostuvo. Mari Sol Duval fijó su atención en la persecución que sufren, poniendo el ejemplo del acoso en los centros comerciales por parte del personal por el mero hecho de ser gitanas.
«COMPLICIDAD BLANCA»
«Es muy doloroso y muy triste», enfatizó, a lo que Tamara Clavería añadió que les preocupa la «complicidad blanca». «Se asocia nuestra presencia con problemas» y «se nos niega la presunción de inocencia», dijo con rabia la activista, relatando casos que han sufrido personas cercanas.
Clavería reclamó que haya un «reconocimiento colectivo» de las denuncias que sufren por ser gitanas y la necesidad de establecer alianzas activas, «sin tutelas». Defendió la autodefensa como «estrategia política y colectiva» y la importancia de abandonar la lógica de universalizar, que obvia realidades como la suya.
Respecto a los códigos de su pueblo, la activista de Amuge recordó que son el resultado de siglos de persecución ante lo que no les quedó otra que autoorganizarse. Además, lamentó que desde el movimiento feminista, en muchas ocasiones, se las quiera «por lo folclórico». Insistió en la necesidad de que se aborde una revisión de la autodefensa feminista para atender otras realidades.
«No nos sentimos cómodas y no nos podemos quedar en un feminismo blanco», se quejó. «El feminismo nos ha excluido», lamentó, al tiempo que pidió no «jerarquizar» las distintas realidades «por las que el patriarcado nos intenta dividir».
DESDE NICARAGUA
Tras escuchar su exposición, Bea Huber, del Colectivo de Mujeres de Matagalpa, de Nicaragua, manifestó que hay que «intentar ponerse en su piel». La suiza, que ha vivido décadas en el país centroamericano antes de que le retiraran el permiso de residencia, explicó el trabajo que desde la Revolución sandinista realizaron antiguas guerrilleras, comadronas y mujeres vinculadas a los cuidados para luchar contra la violencia contra las mujeres y en su empoderamiento.
De modo transversal, diferentes colectivos trabajaron en la autodefensa feminista a través de cursos y otras iniciativas, como un muro de la denuncia donde se escribían los nombres de los agresores o un teatro terapéutico, donde las víctimas relataban sus casos, cargando la vergüenza sobre los responsables.
Ahora, en Barcelona, continúan adelante con su trabajo, incidiendo en colectivos como el de mujeres que sufren enfermedad mental o cursos de autoafirmación.

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