GARA

su voz perdura: «No me voy, estoy llegando»

Miles de personas lloraban y se abrazaban ayer en el Salón de los Pasos Perdidos de Montevideo, donde se instaló la capilla ardiente de Pepe Mujica no se sabe por cuánto tiempo. Acompañado siempre por su compañera, Lucía Topolansky, el cuerpo del expresidente recorrió la ciudad que sus seguidores jalonaron con sus lemas y enseñanzas.

Capilla ardiente en el Parlamento uruguayo.
Capilla ardiente en el Parlamento uruguayo. (Pablo PORCIUNCULA | AFP)

Era la despedida de un jefe de Estado. Todo lo indicaba así. El coche de seis caballos (un elegante carruaje que en su día transportaba un cañón) protegido por la guardia de honor, el presidente actual cubriendo el féretro con la bandera nacional, el recorrido por las principales calles de la capital, los tres días de luto decretados. Pero, claro, el de Pepe Mujica no era un funeral de estado ordinario.

En los funerales de Estado el pueblo no se pasa la noche en vela pintando pancartas, grafiteando muros y estampando lemas en la ropa. Y mucho menos, cuando estas frases no son nítidos mensajes políticos, sino reflexiones con una carga de profundidad humana diferente.

Su labor hizo que ayer por la mañana en las calles de Montevideo repicaran ecos escritos de aquellas grandes frases que el expresidente lanzó después de aquellos doce años de prisión que él supo aprovechar para clarificar sus ideas o, en sus palabras, «para ordenarse la croqueta».

La que más resaltaba, dado que miles de personas la lucían en camisetas negras, era la de «No me voy, estoy llegando», fragmento de su despedida de la política el 1 de marzo de 2015.

«Querido pueblo, gracias. No dudes de que si tuviera dos vidas las gastaría enteras para ayudar a tus luchas, porque es la forma más grandiosa de querer la vida que he podido encontrar a lo largo de mis casi 80 años. No me voy, estoy llegando, me iré con el último aliento, y donde esté estaré por ti, contigo, porque es la forma superior de estar con la vida», aseguró entonces.

Agarrados a ese fragmento, los uruguayos confiaban en que el legado humano y revolucionario no se pierdan. Aunque, claro, confiaban llorando, que es lo que tocaba.

Costaba imaginar entre semejante pérdida el oropel fúnebre al humilde expresidente dentro de tan magno ataúd. Pero estaba su compañera de vida y batallas, Lucía Topolansky, para recordarlo a pocos pasos de su compañero.

Los asistentes ovacionaron a Mujica a su paso, aplaudiendo de forma incesante y lo despidieron con cánticos y carteles con mensajes como «Pepe, amigo, el pueblo está contigo» o «el pueblo, unido, jamás será vencido».

Tras parar en la sede del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, el cortejo siguió su camino por las oficinas del Movimiento de Participación Popular y del Frente Amplio.

En ese lugar, el secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, pronunció un sentido discurso en el que aseguró que «la siembra del viejo ahora se transformó en miles».

«Pepe, no te fuiste, ahora hay miles de Pepe Mujica. Gracias, viejo», afirmó, ante una gran ovación de los militantes, y concluyó: «Que viva el pueblo uruguayo, por el cual el Pepe dejó todo. Vamos arriba, la lucha continúa».

Después de algo más de tres horas de paseo por las calles de la capital uruguaya, detenida por tres días a causa del luto, a eso de las 13.15 el carruaje llegó al Parlamento, donde se encuentra el Salón de los Pasos Perdidos.

Mujica aguantará allí un día más o quizá dos. Dependerá de la asistencia y del tiempo que tarden sus amigos de otras partes del mundo en llegar a despedirse. Será el último punto para estar cerca de él físicamente. Quiere enterrarse en su chacra, bajo el mismo arbol donde yace aquel perro de tres patas que tuvo.