El fenómeno de los eventos veraniegos
Cuanto más intento comprender, más me alejo de un razonamiento convincente. Los eventos, sean festivales, fiestas o ferias, en todas las categorías y circunstancias se convierten en un fenómeno extraño al convocar la atención de los medios de comunicación de una manera muy entregada, a lo que hay que añadir la tradición de las fechas veraniegas y los marcos incomparables en las que se producen, por lo que se logran unas cuotas de espectadores que siempre sobrepasan lo que sucede consuetudinariamente, allá donde exista programación cotidiana del nivel que corresponda a cada lugar.
Este fenómeno es muy sugerente para intentar descubrir los funcionamientos sociales ante los impulsos culturales, donde se distingue lo ordinario y lo extraordinario. No se trata de un hábito regular, sino que el reclamo es, en muchos lugares, dónde se celebra y no importa tanto el contenido de las programaciones.
Pero la realidad es que, sin mirar los contenidos, la mayoría de esos eventos, algunos populares, se hacen en muchas ocasiones en malas condiciones técnicas para los actuantes que no les permite mostrar su creación en el mejor estado y calidad y no digamos para los públicos que soportan calor, frío e incomodidades varias con un convencimiento ejemplar.

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