Cuando la ambición supera a la emoción

Margot Robbie y Colin Farrell parecen lanzarse a un “viaje de autor”, pero pronto queda claro que lo que estamos viendo es más bien un recorrido por los clichés más comunes del cine indie, disfrazado de experimento metafísico. Kogonada pretende construir un delicado equilibrio entre ciencia ficción, romance y reflexión existencial, pero lo que termina siendo es un melodrama sobrenatural empalagoso.
Sarah (Robbie) y David (Farrell), dos completos desconocidos que se cruzan en una boda, se ven arrastrados a un viaje inesperado guiado por un GPS con inteligencia artificial. De ahí en adelante, desfilan recuerdos y traumas con la solemnidad de un anuncio de perfume, en un espectáculo que confunde introspección con tedio.
La idea de un road trip convertido en viaje interior podría sonar atractiva si no fuera porque el guion en lo único que está preocupado es en recitar frases hinchadas de trascendencia. Es cine que no confía en la emoción, y por eso nos la explica con subrayados constantes.
Robbie y Farrell parecen atrapados en una especie de postal de autoayuda viviente. Sus personajes no tienen profundidad: ella es la eterna fugitiva del compromiso, él, el hombre atormentado que nunca logra enfrentarse a sus propios fantasmas.
Aspiraba a ser una fábula romántica ambiciosa, pero se queda en un ejercicio de estilo que confunde sofisticación con pretensión. Visualmente es impecable, pero bajo ese envoltorio elegante late una historia que nunca se atreve a ser realmente auténtica. Al final, lo único “atrevido y maravilloso” que deja es la desilusión.
Kogonada es un cineasta de sensibilidad única, pero en esta ocasión su propuesta naufraga y se convierte en una obra fallida.

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