Las ciudades, ese laberinto por el que nos guía Maria Helena Vieira
«¿Qué significa ser una persona en una ciudad?», se preguntaba la franco-portuguesa Maria Helena Vieira da Silva (1908-1992), la protagonista de la exposición titulada “Anatomía del espacio” con la que, desde hoy, el museo Guggenheim de Bilbo reivindica su figura. Las ciudades son un espacio donde conviven la viveza más trepidante y la soledad más profunda, la luz y las sombras, el brillo y la alienación. Un laberinto por el que viajó Vieira da Silva.

No hay más que fijar la mirada en los cuadros laberínticos de Maria Helena Vieira para dejarse llevar por esa especie de pintura hipnótica, en forma de tejido “cosido” con líneas y colores. El laberinto debe de tener una salida, parece decirnos esta artista. “Anatomía del espacio” es el título de la exposición que el Museo Guggenheim bilbaino le dedica desde hoy y que permanecerá abierta hasta el 22 de febrero del año próximo.
Comisariada por Flavia Frigeri, quien acaba de ser nombrada Directora de Colecciones de la National Portrait Gallery de Londres, llega procedente de Venecia, donde estuvo expuesta en el Guggenheim de la ciudad de los canales. La carrera de Vieira da Silva tuvo mucho que ver con estos ricos mecenas, sobre todo con Peggy Guggenheim.
Maria Helena Vieira da Silva nos recibe, en forma de dos fotografías, en esta retrospectiva, que ha sido colocada en una de las salas de la planta baja del museo. Posiblemente, pensamos, a ella le hubiera gustado este espacio, como recogido, frente a la amplitud del museo. Porque ambas cosas -el estudio, hacia adentro, donde posa pintando o con la mirada fijada en nosotros; y la arquitectura, el exterior que tanto estudió- marcaron el universo creativo de esta mujer, que tuvo un lenguaje tan personal -nunca fue figurativa; exploró caminos como el cubismo o el futurismo, pero siempre desde su propia mirada- y fue tan moderna que «si viviría hoy en día sería una artista disciplinar», en palabras de la comisaria. Le interesaba, la anatomía, la arquitectura, la escultura... El objetivo de esta exposición: que las nuevas generaciones volvieran a descubrir a una pintora que, fue famosa y reconocida en su momento, pero que ha ido perdido presencia.
AMOR, AJEDREZ Y GUERRA
Nacida en una familia lisboeta “de posibles”, Maria Helena Vieira da Silva se formó en París, donde, en 1928, empezó a cursar estudios de arte en la Académie de la Grande Chaumière. Allí conoció al pintor húngaro Arpad Szenes y dos años más tarde, se casaron. Una entra en la exposición y lo primero que se encuentra es la primera obra que vendió (“La Chambre à carreaux”, 1935) y, al lado, los retratos que la pareja se hizo. La vemos pintando -se puede ver cómo trabajaba; meticulosamente, a partir de una retícula que va rellenando-, a él posando... Flavia Frigeri destacó que la relación que tenía esta pareja de artistas era nada habitual, ya que uno -generalmente él- suele terminar opacando a la otra. Szenes, no; respetaba la total devoción de Vieira da Silva por la pintura. Siempre la apoyó y, de hecho, ella fue más famosa que su marido.
Lo suyo por París también era amor -«eligió París como artista y como mujer adulta»-, pero vivieron tiempos convulsos. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, la huída a un Portugal que no recibía bien a los judíos -Vieira da Silva perdió su nacionalidad al casarse-, el duro exilio a Brasil y el regreso, por fin, a un París liberado abarcan un viaje que va desde 1930 hasta finales de 1980. Un viaje en el que aparecen bailarines y jugadores de ajedrez, porque el ajedrez, pensaba, es una metáfora de la existencia, un juego de acción y reacción. Tú juegas tus piezas, pero, enfrente, siempre está el otro. Aparece también la tragedia de la guerra y la emigración, ciudades reales o imaginarias, vibrantes, formadas por líneas y luces... Y, al final de su vida, llegó el blanco: barricadas blancas, ciudades blancas... y dos cuadros a los que está prohibido fotografiar.

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