Una secuela que entretiene mientras cuestiona prejuicios

Zootropolis 2” juega de nuevo con la estructura del buddy cop y añadiendo colores vibrantes y mucho humor, la secuela se atreve a introducir una reflexión social más consciente, logrando un equilibrio entre diversión, ingenio y crítica.
La chispa narrativa se enciende cuando descubrimos que los reptiles viven aislados y marginados en una especie de gueto, segregados no por sus actos, sino por la mera condición de ser lo que son. Y es precisamente bajo esa capa simpática y perfectamente digerible para los más pequeños donde se esconde su mensaje: denuncia cómo el prejuicio adopta múltiples formas, siendo el racismo su manifestación más visible y persistente.
A nivel técnico, la animación alcanza un nivel sobresaliente: la iluminación, las texturas, las composiciones y el diseño de escenarios convierten “Zootropolis 2” en un entorno lleno de vida. El humor sigue funcionando en dos capas: bromas visuales y gags muy divertidos para el público infantil, combinados con referencias culturales y parodias que disfrutarán los adultos más cinéfilos -a ver si captan los guiños a “El resplandor”, “El Padrino” o “El silencio de los corderos”-.
En lo narrativo es donde más tambalea: repite la fórmula original sin atreverse a innovar demasiado. Los nuevos conflictos y personajes resultan algo repetitivos y, pese a sus guiños sociales, la película opta por el camino cómodo: entretener sin profundizar demasiado.
Pero aun repitiendo ciertos patrones de su antecesora, es una secuela muy disfrutable y visualmente impecable, que ofrece humor, aventura y un mensaje positivo sobre la convivencia, la diversidad y la empatía.

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