«Deberíamos poner límites para que la IA no nos robe nuestra existencia»
Nacida en Bélgica, en 1975, posee una sólida trayectoria que le ha llevado a trabajar con algunos de los más grandes directores del cine europeo. Su última película, “La residencia” un thriller de terror sobre los peligros de la Inteligencia Artificial llega a los cines tras presentarse en el último Festival de Cannes.

En “La residencia”, Cécile De France interpreta a Clarisse, una escritora becada por una fundación vinculada a una gran corporación, para que pueda desarrollar su última novela. El proyecto la lleva a instalarse en una residencia para artistas donde goza de todas las comodidades. Sin embargo, su interacción con una Inteligencia Artificial que le asiste en el proceso de escritura la lleva a descubrir un siniestro plan.
«La residencia» pone de manifiesto la extrema fragilidad de los seres humanos frente a la amenaza de la Inteligencia Artificial. No sé si usted como actriz, como creadora, se ha confrontado con ese peligro.
Aún no me ha tocado lidiar con algo así, pero no creo que tarde mucho. De hecho, conozco a gente de mi entorno que está muy volcada en la protección de los derechos de los artistas frente a los peligros de la Inteligencia Artificial. Pero no se trata solo de que exista un riesgo para los creadores: los data workers están arrasando con todo. Por lo tanto, creo que urge que haya leyes que regulen su actividad.
La película plantea la idea de que el arte, la creatividad, es el último eslabón que nos separa a los seres humanos de las máquinas.
Bueno, las máquinas también pueden crear y, de hecho, en algunos aspectos nos superan perfeccionando aquello que podemos crear los humanos. Lo que no tienen las máquinas es vida interior. Carecen de subjetividad, de emociones, de conciencia y, sobre todo, carecen de cuerpo. Los seres humanos, en el fondo, somos animales y nuestras emociones atraviesan cada uno de los poros de nuestro cuerpo. La Inteligencia Artificial carece de eso, pero por eso mismo, antes de que sea demasiado tarde, creo que deberíamos abrir un debate que nos lleve a poner unos límites para que la Inteligencia Artificial no nos robe nuestra existencia ni usurpe nuestra humanidad.
Usted se pasa el 70% de la película interactuando con una máquina. ¿Cómo fue esa experiencia?
No fue tan extraña como cabría imaginar porque Mylène Farmer, que es la actriz que pone voz a Dalloway, la IA con la que interactúo, grabó todos sus diálogos en estudio y yo estuve presente cuando lo hizo. Eso me permitió establecer una conexión con ella que luego, a la hora de rodar, hizo que no me sintiera tan sola.
A mí personalmente me gusta mucho cómo Yann Gozlan, el director, se sirve de los ítems del cine de género, en este caso del fantaterror, para narrar una historia de corte humanista. ¿Fue eso lo que le atrajo del proyecto?
Sí, de hecho, lo que siempre tuve claro es que debía de darle a Clarisse una dimensión profundamente humana de cara a generar un vínculo con el espectador. Para mí, “La residencia” es, ante todo, un thriller, y si hay algo que me gusta de este género es que obliga al espectador a participar en esa búsqueda desgarradora de la verdad que mueve a los protagonistas. Cuando preparé el papel con Yann, vimos que era importante que mi personaje sirviera de guía al espectador para confrontarle no solo con la historia, también consigo mismo y con esa angustia que nos genera este monstruo que entre todos hemos creado. Creo que es bueno que afrontemos esa angustia en lugar de esconderla.
Su personaje arranca con su novela cuando comienza a mirar dentro de sí misma, a su propia experiencia, y se aleja del ascendiente de Virginia Woolf. ¿Para una actriz también resulta más productiva la introspección que recurrir a referencias externas?
Es algo que me planteo en cada rodaje. Pero no tengo una respuesta clara, porque depende de muchas cosas. Depende del papel, del director, de lo que estoy viviendo en esos momentos, de lo que he vivido antes; depende incluso de si he dormido bien ese día, o de si quiero tomar distancia respecto del personaje o no. Por ejemplo, hay escenas muy dramáticas que puede resultar muy divertidas hacer. Son muchos los factores que determinan el lugar desde el que abordo mi trabajo y es la vida la que me lleva a decidir cómo quiero hacerlo. Eso es algo que la Inteligencia Artificial nunca va a poder replicar.
Otra cuestión que plantea la película es esa suerte de mecenazgo que llevan a cabo las grandes corporaciones, donde bajo la apariencia filantrópica subyace un deseo de controlar el producto cultural. ¿Uno de los grandes riesgos que se ciernen sobre los creadores es ver su libertad restringida trabajando al servicio de aquello que exige el mercado?
Totalmente. Vivimos inmersos en una nueva era, es lo que llaman “tecnofeudalismo”. Hasta ahora todo giraba en torno al capitalismo, pero en la sociedad actual el dinero tiene mucha menos importancia que la información y lo más preocupante es cómo las grandes corporaciones han conseguido que les cedamos esa información voluntariamente. Nos hemos convertido en una especie de producto, nos usan para mejorar la tecnología, nuevas aplicaciones y lo hacen sin que seamos muy conscientes de ello. Me parece un panorama angustioso. Por eso creo que es importante que existan leyes que sirvan para cortarles un poco las alas a las grandes corporaciones.

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