David RUIZ «LA ALAN»
GAURKOA

Arróniz: la desobediencia es nuestra biodiversidad

Me fui hace años por supervivencia. En Arróniz (Navarra), el Ayuntamiento, con el alcalde Ángel Moleón al frente, rechazó un protocolo contra agresiones LGTBfóbicas. No pedíamos castigo, pedíamos cuidados. Pero aquí, solo parece importar cuando se puede financiar o convertir en foto.

Años después vuelvo y un documento sin firma aparece pegado sobre las paredes del pueblo: anuncia la tramitación de una planta de biometano. Sin información ni debate previo con el pueblo, una gestión de lo común sin lo común.

El 30 de octubre llega la respuesta del ayuntamiento en ocho páginas de texto robótico que pretendía anestesiarnos. Pero el pulso cambió un día después: Sustrai Erakuntza habla del agua que bebemos, del aire que respiramos, de la tierra que pisamos, de la salud. Porque el territorio también es cuerpo: respira, enferma, sostiene y es explotado.

El 7 de noviembre, nueva liturgia: reunión “informativa” con el alcalde y dos representantes de la empresa AGR repitiendo su mantra: el proyecto se hará. Arróniz como cuerpo a intervenir sin consentimiento.

Otros ayuntamientos demuestran que hay otra forma de hacer las cosas: en Andosilla se han pedido firmas para que sea el propio pueblo quien decida el futuro del proyecto; en Barbarin se reunieron con el pueblo y dijeron “no”; en Luquin citaron a la empresa con un técnico, pero no hubo reunión.

El 9 de noviembre nace la plataforma vecinal, las firmas y la plaza como epicentro de quejas.

En diciembre, un parlamentario revela las prisas del alcalde por cerrar la autorización. Volvimos a tomar la calle, visitamos la finca donde se proyecta la planta. Hay chistorra, vino, pan. Y también hay multa. El Estado te invita a participar. Pero si participas demasiado, te pasa la factura.

En Navidades, las fachadas con carteles y las calles con pancartas, aunque desde el ayuntamiento mandasen quitarlos al trabajador de la institución. Despotismo poco ilustrado.

Entonces entra la disciplina del desgaste: la deslegitimación. Primero reducir: somos pocos. Luego criminalizar: somos matones. Después, la desautorización: nos tachan de ignorantes quienes, con bastante poca formación, pretenden darnos lecciones de ella.

Cuando además participan mujeres, el ataque va directo al cuerpo. Los partidarios del proyecto llaman «drogatas» a las chicas de la plataforma. En la protesta de Miss World 1970, las feministas fueron tratadas exactamente igual por el viejo verde Bob Hope: «Cualquiera que interrumpa una ocasión tan hermosa debe estar bajo los efectos de algún tipo de droga».

Mientras tanto, trabajadores de la empresa de biometano se infiltran en el chat vecinal.

En enero, más de la mitad de la población adulta de Arróniz dijimos “no” a convertirnos en estercolero. 508 firmas entregadas en la oficina de Agricultura de Estella.

El Día de la Tostada, la fiesta en la que celebramos la llegada del nuevo aceite a nuestros platos, volvimos a manifestarnos.

Finalmente, el Departamento de Desarrollo Rural y Medio Ambiente de Navarra da luz verde a la instalación con una agilidad que cualquiera que haya intentado reformar una cocina contemplaría con envidia.

En medio del proceso, frases de la boca de los dos responsables de Medio Ambiente: «¿Pondrías esta planta en tu pueblo?» - «La verdad es que no». O ese clásico institucional: «Reiteramos nuestro compromiso en paralizar el proyecto», mientras con la otra mano lo estaban aprobando.

El jueves 26 de marzo, en el pleno del ayuntamiento, preguntamos por el uso de agua en la planta. Respondieron que «no necesita agua». El proyecto habla de 8400 metros cúbicos. Al preguntar por la viabilidad del centro de día, que no existe estudio alguno. No es un fallo puntual, es el modelo de gestión Moleón, que tanto me recuerda a Jesús Gil y que parece calcar estrategias de otros lares como la de La Calahorra (Granada); la planta de biometano y el centro de día llegaron de la mano, en un "pack".

Abro aquí un paréntesis sobre un comunicado del Ayuntamiento que habla de sentirse cohibidos. Yo conozco bien la cicatriz del estigma y me niego a que el fango de los adultos salpique a quienes aún no tienen voz. Resulta chocante que, tras años asegurándose con que «en este pueblo no pasan esas cosas» para negar un protocolo, ahora de repente el alcalde sí crea en la hostilidad. Yo también creo en ella, Ángel; ahora la invocas solo para tapar tu incompetencia política.

El último día de marzo nos volvemos a reunir en el Departamento de Desarrollo Rural y Medio Ambiente de Navarra con 4252 recursos de alzada.

Todo esto bajo el gobierno de María Chivite, la mascota del parque temático de Senda Viva: naturaleza para promocionar, territorio y salud para sacrificar. Esto sucede mientras acumula conflictos similares: la instalación vinculada a su entorno familiar en Sesma, la de Viana, la de Rada, etc. Miguel Delibes ya escribía: el progreso destruye los lugares donde ocurre.

Desde lo queer se ve claro: nos quieren robar la soberanía, plantando monocultivos sociales en un sistema que apesta a feudalismo.

Mientras escribo, suena la versión de La Polla Records versionada por nuestras paisanas Zaunka: «Y yo no quiero callarme». No decimos amén ante la imposición de la pedagogía del consentimiento. Habitamos la desobediencia. Como la gran Trasobares tirando la copa: «¿Por qué nos hemos de reprimir?».

Frente al monocultivo, emerge la disidencia como biodiversidad. Seguimos latiendo, seguimos rugiendo en la calle, en los plenos, en los medios y donde haga falta. Y no nos van a parar.