Nelson Mandela no creía en el ratón Miguelito
Con excepción de algunos, no hay muerto malo. Más aún: de uno en fondo, contados habrían sido malos de verdad. O sea, crueles y empecinados en prodigar el desprecio y el sufrimiento al semejante. ¿Que si el hombre nace bueno (Rousseau dixit) y la sociedad lo hace malo? Depende.
Depende de la cultura que lo haya engendrado y modelado. En cuanto a la nuestra, tributaria de la renacentista y la modernidad, alcanzó sus logros con los recursos de la trata negrera, el saqueo de África, América y Asia, y una determinada concepción del ser y estar en el mundo.
En el siglo pasado, millones de africanos se alzaron contra los designios teológicos y filosóficos pensados por y para los europeos. Hasta que uno de ellos, el sudafricano Nelson Mandela, concluyó que el plañidero perdón dispensado por el mártir del Calvario no alcanzaba para llevar justicia a los negros.
Durante 27 años de cautiverio, los verdugos propusieron a Mandela renunciar a la lucha armada para salir en libertad. Sólo debía firmar un manifiesto de rechazo a la violencia, y aceptar las independencias no reconocidas por ningún país del mundo y condenadas por la ONU: los llamados bantustanes de Botswana, Ciskei, Transkei y Venda, gobiernos teóricamente autónomos y con formas particularmente insidiosas de segregación racial, en las que el Estado sionista de Israel (aliado del régimen sudafricano) encontró inspiración para resolver sus problemas en Palestina.
Mandela se negó a cambiar sus convicciones por un plato de lentejas. Sus condiciones eran insobornables: un hombre, un voto.
Pero atención. (...) Obama no recordó cuando en 1962, un infiltrado de la CIA en el CNA entregó a Mandela a los servicios de seguridad de Sudáfrica. (...).

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