Prescindible remake de una obra maestra del terror

En esto de los remakes cada cual se defiende o se justifica como puede, casi siempre alegando que se está adaptando la novela original en lugar de rehacer tal cual la película realizada en su momento, y que, con el paso del tiempo, se ha convertido en objeto de culto. Pero me temo que la verdad en el caso de la realizadora Kimberly Peirce se encuentra en la falta de ofertas de trabajo, que la han obligado a aceptar este encargo para seguir en activo. Ella era plenamente consciente de lo suicida de intentar igualar o superar la obra maestra de Brian De Palma, todo un influyente clásico del género terrorífico que engrandeció la novela de Stephen King. Desde su oscarizada ópera prima «Boys Don't Cry» apenas ha contado con nuevas oportunidades de demostrar su gran talento, ante la imposibilidad de llevar a la industria su compromiso personal con la temática lésbica y el movimiento queer.
Kimberly Peirce ha intentado acercarse al drama de Carrie White por el lado de la adolescente que es víctima por partida doble; la educación represiva de su madre y el acoso escolar, todo ello en función del desconocimiento de su propia sexualidad. Pero esa visión ya forma parte tanto del libro de Stephen King como de la película de Brian De Palma, por lo que sólo ha podido realizar una puesta al día de aquel material setentero desde la perspectiva del reconocimiento de la existencia del llamado bullying.
En ese sentido, la nueva versión de «Carrie» no encuentra razón de ser, y sólo se sostiene como mejorada propuesta de producción, al contar con un mayor presupuesto para los efectos especiales y, sobre todo, para la escenificación de la apoteosis final de destrucción que desencadena la protagonista con sus poderes telequinéticos.
Ahora bien, los intereses de producción también obligan a servidumbres contraproducentes. No se entiende que hayan escogido para el papel de la chica, marginada por su aspecto enfermizo y feista, a la atractiva Chlöe Grace Moretz.

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