Una bella e ingenua amistad proscrita por la sociedad

La animación vive un esplendoroso momento creativo, con Pixar en Hollywood, Miyazaki en Japón y Sylvain Chomet en el mercado francófono. Pero no son los únicos, porque los belgas Vincent Patar y Stéphane Aubier van ganando posiciones desde que sorprendieran al mundo con esa maravillosa locura que es «Pánico en la granja». La pareja de animadores se une ahora a Benjamin Renner para hacer una pequeña joya, comparable en su encanto con «El ilusionista» de Chomet, todo un prodigio fabulador de postales paisajísticas inspiradas en el humor nostálgico de un viejo guión inédito de Jacques Tati.
«Ernest et Célestine» también implica otro sentido homenaje, esta vez a la ilustradora belga Gabrielle Vincent, autora de los cuentos que escribió y dibujó sobre los entreñables personajes del oso vagabundo y la laboriosa ratita. La película es fiel al estilo de las ilustraciones originales, conservando esos fondos de acuarelas con tonos crema y pastel, sobre los que se mueven unas figuras de perfil adorablemente naïf.
El guión del escritor Daniel Pennac dota de pleno contenido a la minimalista animación, con unos diálogos que son una delicia. La amistad entre el oso Ernest y la ratita Célestine es descrita con una ingenuidad y candor, que contrasta fuertemente con la sociedad divivida en la que les ha tocado vivir. Ellos ven su encuentro como algo natural y sin ninguna malicia, pero a los ojos de los demás el que plantígrados y roedores convivan es una aberración.
La personalidad bohemia de Ernest, que es un hombre-orquesta de espíritu vagabundo le hace diferente entre los de su especie. Como también lo es Célestine, que no encaja en un mundo kafkiano y organizado en torno a la recolección de piezas dentales, según el mito del Ratoncito Pérez y sus diferentes denominaciones en otras culturas. La pareja se verá obligada a huir, una vez convertidos en sendos proscritos en la tradición de Bonnie & Clyde, perseguidos por las respectivas policías de la superficie y el subsuelo.

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